Ha partido al cielo una profesora muy querida en la Universidad de Piura, cuyas enseñanzas permanecen en los profesionales que formó a lo largo de tantos años de generosa entrega.
Por Elena Belletich Ruiz. 01 abril, 2026.Doctora en Educación y en Comunicación, Carmela Aspíllaga Pazos fue decana de la Facultad de Ciencias de la Información (hoy Comunicación) y la primera directora del programa de Ciencias de la Educación; así como colaboradora de la maestría en Teorías y Gestión Educativa de la Facultad de Ciencias de la Educación.
Una de las lecciones que jamás se cansó de repetir a los educadores y a los futuros maestros era la siguiente: “Educar es hacer al hombre cada vez más capaz de vivir mejor su libertad; es decir, capaz de elegir el bien verdadero porque le da la real gana. Eso sí que es volar alto, cara al sol, y no conformarse con ‘vuelos de ave de corral’”.
A enseñar la verdad y con la verdad, les instaba; con el mismo vigor con el que animaba a los comunicadores a buscar, trasmitir y defender la verdad porque “la verdad es una sola; no existe tu verdad o mi verdad. Hay que huir del mundo de los ‘pareceres’ donde todo se reduce a opiniones y se cree que todo es negociable”, repetía.
Gestora en Educación
“Era una persona muy inteligente, con inteligencia práctica y gran capacidad de persuasión. En Comunicación como en Educación se involucró en todo cuanto la UDEP empezó. Especialmente en esta última, volcó su entusiasmo en sacar adelante los programas académicos; empezó con Primaria y Secundaria, en las especialidades de Matemáticas y Física; y Ciencias Histórico Sociales”, comenta el doctor Antonio Mabres, rector por aquella época.
“Además muy pronto tuvo la iniciativa de implementar la convalidación para profesionales de otras carreras con experiencia de enseñanza en colegios; luego, la complementación académica para egresados del Instituto Pedagógico para que pudieran tener el grado y título universitarios. Otro de sus grandes aportes, fue su participación en el inicio de los colegios de aplicación Vallesol y Turicará en Piura; y, posteriormente, los de Chiclayo”, recuerda el exrector.
Sin lugar a dudas, algo que acompañó siempre a la doctora Aspíllaga en su vida y en lo que hizo fue ese don de “mujer entregada y fiel a su vocación, piadosa y generosa; que supo querer y se hizo querer” que describe la doctora Mariela García. “El Opus Dei fue el ancla y el sentido de su vida. Fue ella quien me acercó al Opus Dei. Su derroche de alegría y de energía eran contagiantes”, subraya.
Comenta: “Coincidí con ella en demasiadas cosas a lo largo de mi vida. Sin duda, un gran privilegio. Fuimos amigas y colegas…. Me involucró en cuanta idea se le ocurría (que eran muchas y eficaces). En Educación, “hizo rugir al león e impulsó grandes objetivos, como los programas de formación para mujeres profesionales que tuvieron acogida multitudinaria (…). En el entonces programa de Ciencias de la Información impulsamos juntas muy diversas actividades académicas. Aunque formalmente coincidimos poco, pues yo debía retornar a mi facultad de origen…”, expresa Mariela.
Lecciones que no pierden vigencia
La doctora Aspíllaga deja una huella profunda en sus colegas y exalumnos. Cada vez que pudo estuvo en los reencuentros de educadores y comunicadores, de un modo u otro.
Así, el año pasado estuvo en las Bodas de Coral de la primera promoción de Educación. Además de una presencia entrañable, anécdotas y el derroche de dinamismo, dejó, como siempre lecciones claras, entre ellas: “La enseñanza es un acto de libertad y confianza… Un buen maestro debe tener tres virtudes esenciales: ser competente en la materia que enseña y saber transmitirla; vivir con coherencia, es decir, alinear su vida con sus valores; y ser ejemplar, alguien cuyo testimonio de vida inspire”.
En noviembre, envió un mensaje a los comunicadores que cumplían 40 años de egresados, en el que les instó a defender la verdad. “La mentira es incomunicable, no tiene ser, no tiene entidad (…). Jesús dice, para esto nací y para esto vine al mundo, para dar testimonio de la verdad. Y eso es lo nuestro, la razón de ser de nuestra vida profesional. Para esto nacimos, para dar testimonio de la verdad”.
En cada lección que dio como profesora, luego como invitada, como amiga, como educadora en colegios, también, siempre procuró enseñar todo lo que podía (quizá por ello hablaba tan rápido, para no perder un segundo), con teoría, con anécdotas, con bromas… Hizo lo mismo en cada clase del recuerdo que brindó a sus egresados.
“La doctora Aspíllaga me asesoró en mis tesis de bachiller y licenciatura y me invitó a probar si la docencia era lo mío. Marcó y cambió mi vida, siempre para bien”, comenta Mela Salazar, profesora de la Facultad de Comunicación. La recuerda como una gran profesora, “de materias difíciles como Teoría General de la Información; exigente, y tan humana a la vez. Me conmovía escucharla decir que en cada alumno había que descubrir sus capacidades, y ayudarles a encontrar esas habilidades y cualidades que podían convertirlo en un profesional valioso”.
Mela también comenta el detalle que tuvo la doctora Aspíllaga al enviar un audio a la promoción de egresados, que cumplía 40 años. “Nos instaba a luchar en dos frentes: en el de la IA sobre todo contra la falsedad; y ante el vacío cultural que afrontan los jóvenes, a quienes les hace tanta falta escuchar a los mayores (…)”, recuerda.
“La conocí como miembro de mi jurado de tesis de Licenciatura. Y desde allí comprendí que su crítica académica exigía que defendiéramos nuestra investigación con evidencia científica y con fundamentos profundos y claros. Y por supuesto, con firmeza. La lección quedó aprendida para siempre”, recuerda la doctora Rosa Zeta. Agrega: “Siempre estuvo atenta al desarrollo de los alumnos no sólo en el ámbito del saber profesional, sino como personas íntegras. Consideraba que, si tenías capacidad y habilidades personales, no podías ser mediocre. Agradecemos a Dios todas las enseñanzas que nos dejó Carmela, ya está en su reino”, acota.
Su preocupación: la formación
Este año, la Facultad de Ciencias de la Educación cumple 40 años. “Sentiremos de un modo especial a la doctora Aspíllaga: acompañándonos desde el cielo y animándonos a seguir adelante con la misión que tanto amó. Gracias, doctora, por su cariño, su exigencia y por la confianza que depositó en nosotros”, expresa Camilo García, exdecano.
“(…) Solía decirme que la filosofía y la lógica eran claves para comprender mejor la educación. De ella admiré profundamente su carácter decidido, su franqueza al decir las cosas y, sobre todo, la claridad con la que entendía su misión: formar buenos docentes al servicio de la sociedad”, recuerda.
En las últimas décadas, la doctora Aspíllaga con mayor dedicación a la educación, repitió constantemente la relevancia de la formación de los alumnos: “Es importante aprender a incentivarlos para que puedan ‘encontrar el arco’ donde van a meter goles de media cancha. Solo tienen que aprender a conjugar dos verbos: me gusta y soy capaz”, dijo el 2023.
También se dirigía a los maestros. Les recordaba que en su carta de identidad debe estar el amor, “que no es otra cosa que ‘amar las potencialidades de los alumnos. Ese amor que lleva a ver a cada persona en sus circunstancias, en su alma, en su vida (…) A ellos les corresponde un gran papel en esa búsqueda de la verdad; deben enseñarla y darla a conocer; y poner los valores en alza”, subrayó.
Reflejo de alegría
El doctor Paul Corcuera, rector, valora mucho la amistad que forjaron y las cualidades que pudo apreciar en la doctora Aspíllaga. “Conocí a Carmela cuando recién me incorporaba a la UDEP y a las tareas de gobierno. Siendo un joven aprendiz, siempre me atrajo su visión positiva y sentido sobrenatural que tenía de la vida, que vivía con sencillez. A mí me ha servido de ejemplo”.
“La recuerdo en las reuniones de Consejo Superior… Cuando hacía cualquier comentario de su facultad, era tal su convicción y emoción, que expresaba con tanta energía, que uno pensaba que todo iba muy bien, que no había ningún problema que no se pudiera resolver. Tenía esa capacidad de ver todo, más bien, como oportunidades”, comenta. A ello suma, su generosidad enorme. “He sabido que dedicaba parte de su tiempo a ayudar y atender a gente que necesitaba mucho; su afán de servir era tal, que también lograba que otras personas se sumaran a estas acciones solidarias”, recuerda el rector.
Ese espíritu de servicio la llevaba, muchas veces, a anteponer a los demás. “Era capaz de mortificarse mucho y ofrecerlo, sin llamar la atención. La semana pasada, sabiendo su estado de salud, le pedí que rezara por una intención especial para la Universidad. Me dijo que lo haría con toda el alma -y yo añado, también con su cuerpo-; y estoy convencido de que ha sido escuchada”.
Sin duda, otros muchos testimonios de personas cercanas, de egresados y colegas harían más justicia a lo que fue, hizo y representa Carmela Aspíllaga Pazos para la Universidad de Piura, para sus egresados y amigos; sin embargo, seguramente que todos coincidirán -coincidiremos- en que la huella que deja es imperecedera.
¡Descanse en paz, querida doctora Aspíllaga!





























