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Jul

2026

HUMANIDADES

José Manuel Justabino, ¿dónde estás?

Lo único incuestionable de Justabino era que no aparentaba ser de ningún punto del virreinato peruano. Ni su nombre ni su origen quedaron plenamente esclarecidos.

Por Carlos Zegarra Moretti. 06 julio, 2026. Publicado en semanario El Tiempo, el 5 de julio de 2026

Por cometer robos reiterados se le condenó a azotes públicos y por “coito ilícito”, el destierro. Estos crímenes son solamente algunos de los que perpetró el forastero José Manuel Justabino durante su estancia en Piura, y las penas —que incluía la horca— que lo esperaban si no hubiera huido una noche de abril de 1810. Aunque posiblemente no volvió a pisar suelo norteño, las acciones del conocido como “zambo portugués” fueron más que anecdóticas y su presencia nos acerca a las distintas formas de interacción de la comunidad piurana con los viajeros.

Lo único incuestionable de Justabino era que no aparentaba ser de ningún punto del virreinato peruano. Ni su nombre ni su origen quedaron plenamente esclarecidos. Aunque algunos testimoniaron que era de Barcelona, él aseguraba rotundamente haber nacido en Lisboa, otro relevante centro portuario de la península ibérica. Supuestamente, tenía cincuenta años y era considerado étnicamente zambo. Acrecía este halo de misterio, las historias con las que embaucó a varios piuranos.

Según testigos, Justabino afirmaba tener tesoros enterrados en dos puntos en Piura, uno en Cerro Prieto y el otro en Máncora. Prometía compartir sus riquezas con quien lo acompañase y pusiese los animales para trasladar sus riquezas. Así, convenció al crédulo José Antonio Enríquez y cuando se dirigían a su destino Justabino detuvo a su compañero y reveló sus verdaderas intenciones. En el Cerro del Sauce lo amarró a un árbol, lo desvistió y le robó las prendas y la bestia. Cuando el ultrajado pudo recuperarse y reunir a otros hombres, fue tras Justabino. Este fue apresado y llevado ante el alcalde de Piura, Fernández de Paredes, que estaba en su hacienda de Tangarará.

Justabino estaba repitiendo tácticas que previamente le habían funcionado. En efecto, a un mozo indígena de Catacaos, Mata Chiroque, prometió entregarle porción de sus tesoros ocultos si lo ayudaba y compartía sus animales. Bajo ese atractivo ofrecimiento, Mata Chiroque lo alimentó, vistió y proporcionó una mula. Camino a las costas de Máncora el zambo portugués detuvo al de Catacaos y convenciéndolo que “no lo engañaba” le pidió que lo esperarse porque “le precisaba una diligencia”. Al no regresar, en el tiempo fijado, fue tras de él. Estas mismas promesas incumplidas de recibir tesoros ocultos hizo con otro joven obligándose a entregarle parte de un entierro de plata, oculto en el sitio de Rica Playa.

El prontuario de Justabino era extenso. Más acusaciones de robo de bestias y vestimenta, sin mencionar el deleznable acto de forzar dos veces a una mujer, en el sitio de Víbora cerca de Jaguay Negro. En todos estos casos de latrocinio, la primera medida de los afectados fue salir a buscarlo para aprenderlo y recuperar lo hurtado. Fue juzgado y sentenciado. Cierta frustración debió experimentar la población al enterarse de su escape de la cárcel por medio de un forado. Algunos debieron rogar que Justabino no regrese más.

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