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Nov

2023

Artículo de opinión

Justificar y disfrazar el poder

“Hay que saber disfrazarse bien y ser hábil en fingir y en disimular. […] Los hombres son tan simples y de tal manera obedecen a las necesidades del momento, que aquel que engaña encontrará siempre quien se deje engañar”.

Por Enrique Sánchez. 20 noviembre, 2023. Publicado en El Tiempo, el 20 de noviembre de 2023.

Podría sorprender que los dictadores actuales traten de justificar y disfrazar su poder con apariencias democráticas. ¿Por qué presentarse a elecciones fraudulentas? ¿No sería mejor asumir, sin complejos, el principio “might makes right” (el poder hace algo bueno o deseable) ?, que decir: “Mando, porque soy el más fuerte”.

La realidad es que el disimulo ayuda a retener el poder. Así lo aconseja Maquiavelo en “El Príncipe” (1513): “Hay que saber disfrazarse bien y ser hábil en fingir y en disimular. […] Los hombres son tan simples y de tal manera obedecen a las necesidades del momento, que aquel que engaña encontrará siempre quien se deje engañar”. Hamlet, príncipe renacentista, disimula su venganza.

Julio César fue un general superlativo, pero un político tosco. Se hizo nombrar “dictator perpetuus”. Y, aunque rechazó simbólicamente la corona de monarca (porque los romanos tenían fobia a la monarquía), los senadores entendieron que un dictador perpetuo equivalía a un monarca. Por eso lo asesinaron, cuando se preparaba para una nueva guerra, propinándole 23 puñaladas.

Su ahijado Octaviano, que no combatía en el frente, pero era listo como el hambre, aprendió de la muerte de su padrino. Por eso, nunca se llamó dictador. Prefirió utilizar una constelación de títulos (Augusto, Primer Ciudadano, Padre de la Patria, César, Emperador) que, en conjunto, sugerían bellamente su poder.

Fue más sutil que el conquistador de la Galia. Y, quien había acabado con la República romana se presentó ante el pueblo como su salvador. En esta moneda de Augusto leemos: “Imperator Caesar Divi Filius, Consul VI. Leget et Iura Populi Romani Restituit”. Emperador, César, hijo del divino Julio, cónsul por sexta vez, restituyó las leyes y el derecho al pueblo romano.

En su testamento, las “Res Gestae Divi Augusti” (Hazañas del Divino Augusto), Octavio insistirá en su condición de salvador de la República (hoy diríamos: de la democracia): “Transferí la gestión pública de mi poder a la libre disposición del senado y del pueblo romano. […] Sobrepasé a todos en influencia (“auctoritas”), pero no tuve más poder (“potestas”) que aquellos que fueron mis colegas en las magistraturas”. Propaganda, mejor que fuerza bruta.

El joven Octaviano disimuló, maquiavélicamente, su poder. Se disfrazó de salvador de la República y sus leyes. Su ministro Mecenas pagó a artistas como Virgilio para que alabaran a Octavio en versos y mármol. Y gobernó cuatro décadas, como un monarca absoluto (pero sin llamarse tal), en una época de prosperidad económica y paz en el mundo romano (la “Pax Augusta”).

Este es un artículo de opinión. Las ideas y opiniones expresadas aquí son de responsabilidad del autor.

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