Vivimos una época en la que la atención humana se ha convertido en uno de los recursos más disputados por los entornos digitales y las redes sociales.
Por Tomás Atarama. 02 julio, 2026. Publicado en diario El Peruano, el 26 de junio de 2026Millones de personas interactúan cada día con plataformas diseñadas para captar y retener su atención mediante sistemas de notificaciones, recompensas variables y recomendaciones algorítmicas altamente personalizadas. Detrás de esta dinámica existe un modelo de negocio claro: maximizar el tiempo de permanencia del usuario para convertir su atención en un activo que se puede vender a los anunciantes.
En este contexto, la llamada economía de la atención suele presentarse como una descripción neutral del funcionamiento de internet. Sin embargo, esta expresión esconde una transformación mucho más profunda: entender la atención humana como una mercancía.
Este problema no es solo tecnológico, es fundamentalmente ético.
En el Perú, los menores de edad invierten en promedio cuatro horas diarias en redes sociales. Frente a este dato, conviene recordar que la atención no constituye un recurso económico transable, se trata más bien de una condición esencial de la libertad humana. Aquello a lo que prestamos atención configura nuestra percepción de la realidad, moldea nuestros hábitos, orienta nuestros deseos y participa activamente en la construcción de nuestra identidad.
Por eso, cuando las plataformas digitales compiten agresivamente por capturar nuestra atención de manera permanente, no solo disputan tiempo de consumo, sino también la capacidad de las personas para reflexionar, discernir y decidir conscientemente.
La lógica dominante del ecosistema digital premia la hiperestimulación y la reacción inmediata. El scroll infinito elimina los puntos naturales de pausa. Las notificaciones generan ansiedad anticipatoria. Los algoritmos privilegian contenidos capaces de producir impacto emocional rápido.
Esta situación adquiere una especial gravedad en el caso de los menores, que crecen hoy en entornos digitales donde la atención se encuentra sometida a estímulos continuos en una etapa de la vida en la que todavía están formando su autocontrol y construyendo su identidad personal. El problema no radica únicamente en el tiempo de exposición, sino en el tipo de relación que se establece con tecnologías diseñadas para reducir al mínimo la posibilidad de desconexión y pensamiento profundo.
Por ello, el desafío actual exige una reflexión más amplia acerca de la necesidad de construir una ética de la atención.
Desarrollar una ética de la atención, desde el campo de la comunicación, implica reconocer que la atención humana posee una dimensión moral y cultural que debe ser protegida.
Esto genera responsabilidades directas a tres actores clave: primero, a las plataformas que funcionan con esta dinámica. Tal vez, el último fallo de un jurado en Los Ángeles contra Meta y Google, declarándolos legalmente responsables por diseñar plataformas adictivas, sea una primera alerta en este sentido. Sin embargo, las plataformas solo funcionan si hay actores sociales que activen sus dinámicas: los creadores de contenido y los usuarios.
Para los creadores de contenido, hablar de una ética de la atención implica salir de la lógica que legitima competir agresiva y constantemente por el tiempo de las personas. ¿Inundar el entorno digital no es también una forma de eclipsar la dinámica social? Hay que preguntarse por el bien humano que se presenta a la sociedad con cada contenido que se publica y se distribuye.
Y, finalmente, la ética de la atención compete a los usuarios, que deben formarse activamente para desarrollar la capacidad de decidir conscientemente qué merece su atención y cómo custodiarla frente a entornos diseñados para fragmentarla. Ahora mismo, la investigación revela que el público cede su atención de modo acrítico y sin considerar las consecuencias de esto en su vida.
Y esta cuestión no es menor. Cuando la atención se convierte en mercancía, la libertad comienza a degradarse silenciosamente. En este escenario, como sociedad, tenemos la responsabilidad de recuperar y responder una pregunta esencial, no solo qué tecnologías somos capaces de desarrollar, ¿qué tipo de personas y de comunidad queremos construir a través de ellas?
La innovación tecnológica será siempre valiosa. Pero una sociedad verdaderamente humana necesita recordar que la atención no puede reducirse a un recurso explotable. Cuidar el sentido de nuestra atención es también cuidar nuestra libertad.








