Una sociedad no solo se ve afectada cuando pierde seguridad en sus calles, sino también cuando pierde la tranquilidad para vivir y decidir.
Por Rosa Cornejo Briceño. 02 julio, 2026. Publicado en diario Correo, el 28 de junio de 2026Hace algunos años, salir a caminar, correr por las mañanas o disfrutar de una cena en familia eran actividades cotidianas que realizábamos sin pensarlo demasiado. Hoy, muchas personas planifican sus recorridos, evitan ciertos lugares, observan constantemente a su alrededor o eligen sentarse donde creen que hay menos riegos, etc. Sin darnos cuenta, el miedo ha comenzado a formar parte de nuestra rutina.
La inseguridad ciudadana no solo afecta nuestro patrimonio o integridad física; sino, también, nuestra salud mental. La exposición constante a noticias de violencia y la sensación de vulnerabilidad generan ansiedad, estrés, irritabilidad, dificultades para dormir y un permanente estado de alerta. Nuestro cerebro está preparado para reaccionar ante peligros reales, pero cuando la percepción de amenaza se vuelve constante, el desgaste emocional se hace evidente.
Lo más preocupante es que hemos normalizado este estado de vigilancia. Poco a poco, vamos dejando de realizar actividades que disfrutábamos; reducimos espacios de encuentro y se reduce nuestra sensación de bienestar. Vivir siempre a la defensiva puede terminar limitando nuestra libertad y calidad de vida.
Reconocer el impacto emocional de la inseguridad no significa ignorar la realidad ni dejar de tomar precauciones, sino, comprender que el miedo constante también tiene consecuencias y que es importante cuidar nuestra salud mental, fortalecer nuestras redes de apoyo y buscar ayuda cuando sea necesario.
No podemos controlar todo lo que ocurre a nuestro alrededor; pero, sí podemos evitar que el miedo termine gobernando cada una de nuestras decisiones. Una sociedad no solo se ve afectada cuando pierde seguridad en sus calles, sino también cuando pierde la tranquilidad para vivir y decidir.








