Con los años, las familias de mis pacientes con síndrome de Down me han enseñado algo simple: no basta con saber medicina, también importa cómo hablamos, escuchamos y acompañamos.
Por Roxana Rodríguez. 30 julio, 2026. Publicado en diario Correo, el 26 de julio de 2026Cuando me contaban cómo recibieron el diagnóstico y cuánto los marcó ese momento, entendí el impacto que tienen nuestras palabras y nuestra forma de comunicar. Muchas veces, no recordaban todos los datos médicos, pero sí el tono, las palabras y si sintieron que frente a ellos se veía primero a un niño o solo un diagnóstico.
Una comunicación fría puede aumentar el miedo, reforzar prejuicios y hacer que unos padres imaginen un futuro marcado por las dificultades. Incluso, puede hacerlos dudar de las capacidades de su hijo, aun, antes de conocerlo. En cambio, una conversación honesta y empática permite explicar los retos sin negar sus posibilidades de desarrollo, aprendizaje y autonomía.
Comunicar bien no significa esconder información ni crear falsas expectativas; sino que es hablar con claridad, sostener, dejar espacio para preguntas, escuchar lo que preocupa a la familia y ayudarla a entender el camino que viene.
Con el tiempo he ido conociendo que esto se atraviesa en toda la práctica médica. La comunicación no es un complemento del conocimiento clínico: es parte de la atención. Un médico puede conocer la evidencia y tomar decisiones correctas, pero si no sabe explicarlas, escuchar o generar confianza, su capacidad de ayudar queda incompleta.
Formar buenos médicos implica enseñarles a diagnosticar y tratar; y, además, es comunicarse con empatía. Una comunicación empática no cambia el diagnóstico, pero sí puede cambiar la manera en que una persona o una familia lo vive.








