A inicios del siglo XIX, los pequeños negocios que funcionaban en las calles de Piura eran el escenario de distintos encuentros que formaban la compleja vida social de la ciudad.
Por Carlos Zegarra Moretti. 12 enero, 2026. Publicado en semanario El Tiempo, el 11 de enero de 2026Estas tiendas se constituían en espacios públicos de interacción cotidiana que, por distintas motivaciones, juntaban, a veces de manera momentánea, a personas de distintos grupos.
Un curioso caminante de hace más de dos siglos hubiera encontrado tiendas de todo tipo. Por ejemplo, la tienda aguardentería de Fermín Ojeda o la barbería de Tomás Espinosa, un joven indio, quien adicionalmente ofrecía —quizá de manera discreta— una diversión de juegos de cartas, practicados por altas autoridades locales. Nuestro transeúnte también hubiera podido encontrar tiendas de mercancías, donde se comerciaba géneros o productos de lejanas tierras.
Una de ellas pertenecía a María Adrianzén y Palacio, integrante de una influyente familia con miembros en el poder civil y religioso. En agosto de 1805, doña María ya había enviudado y dedicaba parte de sus días a la atención de su tienda de mercancías. Ahí, podía encontrarse textiles, que la orgullosa dueña tendera ponderaba de legítimas y de primera calidad, como bretaña y zaraza.
Si seguimos las definiciones de un conocido diccionario de la época, la bretaña era un lienzo importado de Europa y la zaraza era una fina tela de algodón, caracterizada por diseños de flores coloridas, que se confeccionaba en China. Diferentes rutas hacían que géneros vinculados a continentes lejanos pudieran estar disponibles en la ciudad de Piura. Sin duda, esta oferta despertaba el interés de todo tipo de personas, incluso de algunas a las que hubiera sido mejor no abrirle la puerta.
Eso debió haber pensado doña María cuando el 10 de agosto de 1805, entre las siete y ocho de la noche, tocaron a su tienda ya cerrada. Por insistencia y acompañada de una vela abrió su local a un forastero. Su nombre era, aparentemente, José María Zavala, conocido como el chileno y descrito por una atenta observadora como un “hombre blanco, bajo de cuerpo, metido en carnes, pelo negro, crespas las puntas y con un poncho viejo, terciado al hombro”. El exigente visitante consultaba por específicos géneros, que, luego de ser bajados de los anaqueles, le eran exhibidos sobre el mostrador; y, no satisfecho, solicitaba una rebaja.
La venta parecía casi cerrada; pero, aprovechando un descuido de doña María, el interesado abandonó el local, se montó en su caballo y se perdió en las oscuras calles. Se llevaba, sin haberlas pagado, piezas de bretaña y zaraza. Pese a que la agraviada se consideraba “una señora sola” logró, luego de algunos días, dar con el acusado. Unos esclavos ubicaron al forastero en una hacienda cercana y fue, después, puesto en la cárcel pública. Seguidamente, doña María presentó una demanda formal a las respectivas autoridades.
Estos breves episodios cotidianos nos enseñan que asomarnos a las tiendas de antaño es una forma de conocer actores y complejos (des) encuentros que conforman la historia de nuestra localidad.








