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Se suele sostener que el mundo de la cultura (las artes y el patrimonio) y el rédito económico son como el agua y el aceite.

Por Alberto Requena. 27 enero, 2026. Publicado en diario El Peruano, el 24 de enero de 2026

De hecho, existen frases populares que fortalecen estas creencias, como la que dice que hay cosas que se hacen “por amor al arte”. Es decir, que la cultura es algo que se produce, comunica o gestiona sin ganancia alguna. En esa lógica, el dinero no ingresa a la ecuación. Para los más radicales, el mundo de la cultura -inclusive- se podría corromper si se le vincula con lo económico y el lucro.

Estas apreciaciones solo contribuyen a restar valor al papel de los diversos sectores culturales en el desarrollo del país y pueden fortalecer la errónea idea de que no se les debe pagar a los artistas por sus servicios ya que son “culturales”. O que, no se debería pagar la entrada a los museos porque son “culturales”.

Aquí se juntan dos cosas distintas. Por un lado, todo servicio, trabajo u oficio debe ser remunerado. Si un pediatra, un abogado o un arquitecto cobra, ¿por qué un músico, escultor o cineasta no deberían hacerlo? Por otro lado, se debe considerar que, los productos o servicios culturales -como los demás- tienen un costo de elaboración. Se necesita invertir para que existan. Otra cosa es cómo accedo a ellos. Si un museo tiene un ingreso gratuito, ese debe a que es un servicio gestionado por una institución pública que usa nuestros impuestos y los transforma en un servicio. No es porque sea “gratis”; está subvencionado gracias al dinero de los contribuyentes; y, no es “gratuito” porque la cultura no valga nada, sino porque es una política pública que busca fomentar el acceso de las personas a las artes y el patrimonio.

Todos aquellos que trabajan en cultura ejercen un oficio o una profesión. Como en otros sectores, han cursado carreras técnicas o profesionales. La cultura es para todos ellos un espacio para ganarse la vida. Cobrar por un producto o servicio no es algo que deba estar reñido con el arte y la cultura. Que la entrada a una feria de libro, a un concierto musical o a un museo de arte exista no es algo discriminatorio; ni es ofensivo pagar por leer o apreciar una película.

Trabajar en cultura supone entender que esta es un recurso económico; aunque, haya que tener cuidado para no reducir la producción de eventos, productos o servicios culturales a una perspectiva economicista, que responda exclusivamente a una lógica de libre mercado. Por ejemplo, hay patrones culturales que, si no son atendidos, quedarán en el olvido por que han ido cayendo en desuso. Piénsense en antiguas tradiciones folclóricas expresadas en la danza o la gastronomía. La ley de la oferta y la demanda no debería ser la única que rija el mundo de las artes.

Actualmente, la relación cultura-economía se ha consolidado en el ámbito académico. Existen, por ejemplo, diplomados, cursos especializados o estudios de posgrado (maestrías e, inclusive, doctorados) vinculados con ese binomio. Hay autores como David Throsby o Ruth Towse que han publicado varios libros sobre la llamada economía de la cultura.

La Unesco también tiene su centro de estadísticas culturales. Según sus estimaciones del 2025, las industrias culturales y creativas generaron el 3.39% del PBI mundial y concentraron el 3.55% del empleo global. Existen, además las llamadas cuentas satélite en cultura que recopilan las diferentes cifras cuantitativas que reflejan el aporte de la cultura al desarrollo económico de las naciones. Por ejemplo, en el sector del libro, no solo se benefician los autores, los editores o los libreros. Hay todo un abanico de trabajadores que

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