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En la instrucción pública, los compendios y epítomes de gramática eran instrumentos habituales, competían por incluir apéndices cada vez más extensos de barbarismos de todo tipo, por denunciar voces, neologismos y vulgarismos inaceptables, etc.

Por Carlos Arrizabalaga. 07 enero, 2026. Publicado en diario El Peruano, el 27 de diciembre de 2025

El lingüista andaluz Alfonso Zamorano (Universidad de Córdoba, España) dedicó largos años a un importante estudio: La gramatización del español en el Perú del siglo XIX (Berlín: Peter Lang, 2022). Ofrece referencias relativas a la producción de gramáticas y compendios que se posicionan, según sea el caso, en un perfil más liberal o más conservador. La corrección idiomática parece irrelevante frente a asuntos de envergadura civil y política, en las difíciles primeras décadas de vida republicana, pero no. Ricardo Palma (1899) recordaría al final que en sus tiempos habían sido “más papistas que el Papa” en cuanto al uso correcto del lenguaje. Los americanos de su generación estaban “enamorados de la lengua de Castilla”.

Según Zamorano, la juventud de Palma corresponde a la primera ola de academicismo (la segunda se da a fines de siglo), con la que se pretendía aplicar la autoridad del Diccionario oficial a rajatabla, por considerar por encima de todo el uso de los autores (los “clásicos”). Tenían enfrente a los más jóvenes que defendían el uso llano y mayoritario (los “románticos”).

Según la evolución indicada por Zamorano: “el declive de la influencia académica [coincide] con etapas de aperturismo intelectual”, a partir de los gobiernos de Ramón Castilla y Manuel Pardo, en un inestable balanceo entre ideas ilustradas y románticas.

En la instrucción pública, los compendios y epítomes de gramática eran instrumentos habituales como pizarra y palmeta. Competían por incluir apéndices cada vez más extensos de barbarismos de todo tipo, por denunciar voces, neologismos y vulgarismos inaceptables, advertir sobre parónimos, etc.

El corpus recopilado por Zamorano consta de 24 gramáticas de tradición escolar publicadas en Perú entre 1832 (Flórez) y 1899 (Brenner). Con el primer gobierno de Castilla (1845-1851) se produce la primera gran reforma en la educación. Durante su segundo gobierno (1855-1862) el país experimenta cierta prosperidad económica y un auge de la vida intelectual. Perú abandona el sistema lancasteriano, decreta la organización de la educación secundaria, aprueba un reglamento liberal, colegios femeninos y escuelas normales.

Bajo esos gobiernos -señala Zamorano- publican sus tratados gramaticales Silva (1851), Tejada (1852), Velarde (1852), Garcés (1855), Mesa (1858), Salazar (1862) y Polo (1862). Son eclécticos entre la tradición y alguna novedad que justificaba el remplazo de cada uno por el anterior. Según Zamorano, la irrupción del racionalismo gramatical en Perú se produce, principalmente, con Silva y Velarde.

Unos se vinculaban al Colegio Guadalupe, otros a San Marcos o al Convictorio San Carlos. En cuanto a su ideología política y filosófica, a pesar de que la información es dispersa, Zamorano señala la existencia de liberales (Silva, Tejada, Mesa, Whilar, Granda, entre otros), patriotas (Polo o Leguía), católicos conservadores (Sanmartí) o destacados krausistas (Silva o Colunge). Otros, como Velarde o Seoane, experimentarán diversas etapas en su pensamiento intelectual. Así, Velarde se convertirá al racionalismo tras su estancia en Barcelona (se refleja en su teoría gramatical) y Seoane comenzó siendo conservador, luego liberal moderado y, finalmente, liberal declarado.

No todo era Lima. Flórez la escribió para el Colegio de Educandas del Cuzco, la de Severino de Valdivia para el Colegio Seminario de Ayacucho y la de Vicente Garcés para instrucción de primeras letras en Chiclayo. En cuanto a difusión, la obra de Justo Andrés del Carpio llegó a utilizarse en Ecuador y tuvo notable repercusión hasta la llegada de Bello. Santisteban difunde su obra igual en Bolivia y Velarde se conoció en Quito y EEUU.

El estudio de Zamorano evidencia una actividad gramatical intensa en la instrucción pública durante el siglo XIX, aunque esos autores han permanecido desconocidos, casi en su totalidad, para la comunidad científica. Recuperar estos tratados permite reconstruir nuestra tradición lingüística y comprender su relevancia continental.

Zamorano establece etapas y focos irradiadores de ideas que caracterizan la producción escolar peruana sobre el español en el XIX con dos conclusiones fundamentales: los tratados estudiados pertenecen al grupo de textos no canónicos, pero se han revelado como una fuente importante de ideas lingüísticas herederas de una tradición clásica, española y europea (francesa, sobre todo). En segundo lugar, hay un tratamiento original de las fuentes, con rasgos propios, que son seña de identidad y testimonio de la importante tradición universitaria limeña. La circulación transaccional de ideas educativas y gramaticales convoca a la historiografía lingüística. Todo un desafío.

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