01

Feb

2021

Artículo de opinión

¡Cuídate!

¡Cuídate! Es lo que decimos con frecuencia a las personas que más apreciamos. En especial, en medio de esta pandemia viral que nos ha tocado vivir.

Por Luis Eguiguren. 01 febrero, 2021.

Foto: Freepik.

¡Cuídate! Dicho sobre todo al despedirse, revela la efusiva cordialidad en el trato mutuo que, afortunadamente, es advertida como un rasgo característico de nuestra manera de ser nacional. Así me lo han comentado varios colegas, catedráticos, visitantes de otros países. Ellos han percibido la manera gratamente delicada, amable, de dirigirse a los demás, que es común entre los peruanos. Vale la pena cuidarse para seguirla cultivando, sin duda alguna.

La simpática invocación: ¡cuídate! —tan familiar para nosotros— la encontramos en boca de Sócrates al inicio del llamado «periodo humanístico», propio de la historia de la Filosofía. El «cuidarse a sí mismo» consecuente al «conocerse a sí mismo», según Aristóteles: discípulo de Sócrates, a través de Platón, lleva a «vivir bien» y «actuar bien». Lleva a la auténtica mayor satisfacción personal, a la felicidad.

Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, propone que, para ser feliz, hay que cuidarse cada uno a sí mismo, cultivándose, para actualizar correctamente la potencialidad propia ínsita en ser humanos. Esto no quiere decir que uno deba estar centrado en sí mismo desentendiéndose de los demás. Porque, tener cuidado de sí mismo, cuidarse de actualizar correctamente la potencialidad propia: actuar bien, según Aristóteles, implica necesariamente ser un buen ciudadano: hay una coincidencia entre Ética y Política, según la Escuela de Atenas. En tal sentido, sin duda, tanto Sócrates como Platón y Aristóteles entenderían así lo que hoy llamamos «corrupción»: quien cae en la «corrupción» no se ha cuidado.

Como sabemos, cuidarse es costoso, pero, quien se cuida, demuestra que entiende prácticamente —es decir, en su propio actuar— que vale la pena el esfuerzo. Un ejemplo es que, para estar saludable físicamente, hay que cuidarse de qué nos acostumbramos a comer: cuáles son nuestros hábitos alimenticios. Es costoso, a corto plazo —inmediatamente—, cómo nos consta, abstenerse de golosinas o de la llamada comida chatarra. Quien se cuida a sí mismo —y con esto cuida a los demás— se ha llegado a convencer de que el placer instantáneo, pasajero, vale menos que la satisfacción serena, prolongada, de la felicidad. De esto, justamente, trata el décimo y último libro de la Ética a Nicómaco: el placer y la felicidad.

Según Aristóteles, actuar bien significa, en primer lugar, cuidarse de en qué ponemos nuestras expectativas vitales ¿cómo nos hacemos a nosotros mismos en ese plano? El libro séptimo de la Ética a Nicómaco trata del autodominio, en griego clásico: enkrateia (en: dentro; kratos: poder). Según el maestro Sócrates —modelo viviente de excelencia humana— para ser feliz, una condición necesaria es el autodominio: la libertad interior. Es preciso cuidarse para llegar a saber qué es lo auténticamente bueno y, luego, cuidarse también para hacerlo efectivamente.

Cuidarse implica entrenarse, como los buenos deportistas. Sé cuál es la mejor manera de actuar, pero tengo que ejercitarme para hacerla mía, practicándola. Por ejemplo, si me he propuesto hacer dieta, debo cuidarme de no engañarme rompiéndola —solo por esta vez y nada más— ante las ganas de comer lo que me provoca, pero sé que me hará mal.

Entonces, el coloquial “«cuídate» equivale a cultívate. Cuida de ti integralmente, crece cualitativamente como persona humana, afínate. ¿Y cómo vas a hacerlo? Por supuesto que tiene que ser —no puede ser de otro modo— con toda tu libertad: con tu plena autodeterminación.

A estas preguntas, a este «¡cuídate!», entusiasta, amable, de persona a persona, responde el cultivo de las Humanidades o Artes Liberales. Ellas invitan cordialmente, siempre en plena libertad —de ahí que se llamen «liberales»— a la búsqueda y, al consiguiente paulatino e incesante descubrimiento de lo verdadero, lo bueno, lo bello y lo uno: procurando entender cómo se conjuga la unidad con la multiplicidad.

Ojalá que nos cuidemos en lo más importante, en lo anímico, cultivando las Humanidades: la Filosofía, la Historia, las Ciencias de la comunicación, las bellas artes; en nuestra formación constante. Ojalá nunca arrinconemos las actividades humanísticas por considerarlas, por ejemplo, inútiles para una actividad profesional exitosa. Ojalá nos cuidemos para llegar a descubrir lo intensamente entretenido, que es cultivarse en los saberes guía, las Artes Liberales, a la vez que las desarrollamos en favor de los demás y de todo en general.

Este es un artículo de opinión. Las ideas y opiniones expresadas aquí son de responsabilidad del autor.

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