Una vida santa es bella porque retrata una vida buena y verdadera. No es una vida perfecta ni excepcionalmente ideal.
Por Priscila Guerra. 02 noviembre, 2026. Publicado en diario Correo, el 1 de noviembre de 2026Quizá alguien podría decir que la belleza depende de la percepción de cada uno y que hoy en día pueden ser bellas incluso dos cosas contrarias. Pero no, la belleza provoca asombro, búsqueda continua porque lleva a más la existencia. Ella no solo es estética ni se sustenta en parámetros de moda o en «retoques» mágicos, sino que es expresión del bien y de la verdad.
La belleza se encuentra en la caricia de un padre, en la mirada de un niño, en una sonrisa y en tantos detalles cotidianos. Hay belleza en una puesta de sol, en el cantar de los pájaros y en un gesto de perdón. La belleza se expresa en el cuidado de un enfermo, un anciano y un bebé recién concebido. Se muestra en una vida austera y una entrega incondicional a los más vulnerables. Se refleja en la fidelidad y en la fe fuerte a pesar de las limitaciones.
Una vida santa es bella porque retrata una vida buena y verdadera. No es una vida perfecta ni excepcionalmente ideal. Una vida santa es sencilla, pero a la vez asombra y remueve lo más nuclear de nosotros para buscarla. Un ejemplo es la vida de la Madre Teresa de Calcula, de santa Rosa de Lima, de san Francisco Javier, san Josemaría Escrivá y tantos más.
Por eso unos niños vestidos de santos (en la celebración cristiana de Holywins) son bellos porque representan a tantas vidas buenas y verdaderas. Esta belleza, ¿se corresponde con la actual celebración de Halloween que ensalza la muerte y la sangre, lo demoníaco, lo perverso, el truco y el terror?








