En este contexto, ¿cómo puede la educación universitaria preservar su valor? ¿Cómo puede formar profesionales cuyo trabajo y cuyas vidas sigan siendo relevantes en un mundo en el que la IA avanza hacia límites alguna vez inimaginables?
Por Marcos Agurto. 04 noviembre, 2026. Publicado en el diario El Comercio, el 3 de noviembre de 2026.En 2006 tuve el privilegio de llevar el curso de doctorado en Economía del Desarrollo con el doctor Ashok Kotwal, fallecido profesor emérito de la Universidad de British Columbia. En una de nuestras sesiones sobre progreso tecnológico, discutimos la posibilidad de un mundo en el que toda tarea humana pudiera llegar a ser realizada por robots. El doctor Kotwal estaba convencido de que jamás seríamos completamente reemplazados por máquinas. «Al final —decía—, un ser humano siempre necesitará a otro ser humano que lo mire a los ojos y le diga: estoy aquí para ti, me importas».
Veinte años después, habitamos un mundo en el que la inteligencia artificial no solo puede realizar tareas básicas, sino también labores asociadas con el quehacer de profesionales que requieren educación universitaria. En este contexto, ¿cómo puede la educación universitaria preservar su valor? ¿Cómo puede formar profesionales cuyo trabajo y cuyas vidas sigan siendo relevantes en un mundo en el que la IA avanza hacia límites alguna vez inimaginables?
La respuesta, pienso, se encuentra en la reflexión del doctor Kotwal: en la esencia de la dimensión humana, la que una máquina jamás podrá reemplazar y que sólo un humano es capaz de compartir. Y quizá la mejor manera de acercar a los estudiantes a esa esencia es mediante las humanidades. Hace treinta años, como estudiante de pregrado de la Universidad de Piura, tuve también el privilegio de llevar Historia del Arte, del arquitecto Ernesto Mavila, quien nos invitaba a descubrir la luz mágica entre las sombras de Rembrandt. Asistí a clases de Filosofía con el Dr. Eguiguren, en las que nos enfrentábamos al desafío de comprender los conceptos de acto y potencia, esencia y accidente. Y viajé con el doctor Rosales a los años previos a la Independencia, imaginando la vida cotidiana de las familias que descubrían las contradicciones y certezas de lo que significaba pertenecer a una nación. Más adelante, encontré en Dostoievski la perfección de la imperfección humana y nuestra extraordinaria libertad ante todo determinismo; y en Vargas Llosa, nuestra rebelión ante el autoritarismo deshumanizante.
Las humanidades permiten a los estudiantes universitarios comprender su propia esencia y, a partir de allí, plantearse preguntas profundas sobre su existencia y su relación con los demás seres humanos. Este campo permite también cultivar la empatía, una capacidad fundamental en un mundo con gran desigualdad. Las humanidades desarrollan la capacidad de pensar profundamente, de formular preguntas fundamentales, de examinarlas con rigor y de evaluar la dimensión ética de sus respuestas.
Las humanidades ayudarán a formar una generación de líderes que no solo serán irremplazables por la IA, sino que también serán capaces de mirar a otro ser humano a los ojos y decirle: «Me importas». Las humanidades permiten formar seres humanos únicos, irrepetibles, irremplazables. Una formación integral en humanidades exige, sin embargo, un esfuerzo serio. No basta con incorporar algunos cursos al plan de estudios. Difícilmente puede lograrse en aulas virtuales o masivas: requiere un trato cercano y personalizado, y profesores muy bien formados, capaces de acompañar a los estudiantes en el exigente ejercicio de pensar con profundidad. En la Universidad de Piura, desde sus orígenes, hemos asumido esta tarea formativa con especial seriedad.
Antes de cerrar esta columna le pregunté a la IA qué pensaba de la misma. Me respondió: «No puedo reemplazar la experiencia humana que esta columna defiende: no puedo haber sido estudiante, conmoverme ante Rembrandt, sentir el vértigo de Dostoievski ni mirar a alguien a los ojos y decirle de verdad: “Me importas”».








