La cuestión de la sustitución del trabajo humano por las máquinas no comenzó con la inteligencia artificial.
Por Yolanda Espiña. 06 noviembre, 2026. Publicado en El Peruano, el 06 de noviembre del 2026La historia de la técnica es también la de tareas que dejamos de hacer porque las máquinas las hacían por nosotros. Incluso identificamos esa sustitución con el progreso.
Hasta ahora, confiábamos en que el proceso encontraría su equilibrio; desaparecían trabajos, surgían otros y las sociedades disponían de tiempo para adaptarse. Pero, la inteligencia artificial introduce un factor nuevo: la velocidad de la sustitución y, sobre todo, su aceleración. ¿Qué sucedería si la transformación tecnológica fuera más rápida que la capacidad de las personas y las sociedades para generar nuevas formas de trabajo y reorganizarse?
Esta preocupación ha suscitado ya respuestas. La Organización Internacional del Trabajo (OIT), el Consejo de Europa y la Organización de las Naciones Unidas (ONU) han alertado sobre el impacto de las nuevas tecnologías en el empleo y reivindicado el valor humano y social del trabajo. Sin embargo, las respuestas se han concentrado más en gestionar las consecuencias de la sustitución-reconversión laboral, protección social o nuevos empleos- que en evitarla.
La encíclica de León XIV, Magnifica humanitas, sitúa en primer plano la dignidad y el valor humano del trabajo. Más que un medio de subsistencia, el trabajo es espacio de desarrollo personal, cooperación y contribución a la comunidad. De ahí la necesidad de incorporar criterios sociales a la innovación para evitar una “aceleración de la injusticia”.
La pregunta no es solo cómo afrontar la sustitución, sino qué preservar del trabajo, porque este no es solo aquello que hacemos para obtener algo. Es también una forma de actuar sobre la realidad, transformarla y reconocernos como sujetos capaces de iniciativa, decisión y responsabilidad. Cuando una máquina sustituye un trabajo humano, no reemplaza simplemente un procedimiento por otro más eficiente: estamos transfiriendo a la máquina nuestro lugar en esa acción. Esto no significa que todo trabajo deba preservarse – los hay peligrosos, repetitivos o degradantes -, pero sí, que su desaparición no constituye por sí misma una medida del progreso. ¿Debemos sustituir todo el trabajo humano que técnicamente podemos sustituir?
Bill Gates ha planteado reservar (“set aside”) determinadas actividades para los seres humanos, aunque las máquinas pudieran realizarlas con mayor eficiencia. Pero ¿quién puede decidirlo? Una empresa difícilmente renunciará a una automatización que reduzca costes si sus competidores no lo hacen, ni un país, si compromete su competitividad. Hay decisiones que nadie puede tomar solo y que exigen acuerdos conjuntos.
Un desafío semejante surgió en materia medioambiental. Los retos comunes exigieron cooperación internacional, desde Estocolmo en 1972 y la Cumbre de Río de 1992 hasta Kioto y París. La experiencia mostró que no todo desarrollo técnicamente posible y económicamente rentable debe realizarse, y que preservar lo valioso puede exigir límites y costes. Asumirlos unilateralmente penalizaría a quien lo hiciera, por lo que se necesitaron instituciones internacionales capaces de acordarlos y articular una respuesta común.
En el caso del trabajo, aquello que queremos preservar remite a la dignidad humana y al bien común, que León XIV describe como “la forma social de la dignidad que se reconoce a cada uno”. ¿Por qué no iniciar entonces un proceso semejante? Quizá sea el momento de pensar en una cumbre para un pacto mundial sobre el trabajo. No una cumbre sobre inteligencia artificial, sino sobre el trabajo humano; una instancia en la que estados, empresas, trabajadores y organismos internacionales acuerden qué lugar queremos reservarle y si estamos dispuestos a limitar determinadas formas de sustitución para preservarlo.
No se trataría de conservar trabajos inútiles, impedir que las máquinas nos liberen de tareas penosas ni detener el desarrollo tecnológico. Entre la posibilidad tecnológica y su realización, se trataría de plantear una pregunta: ‘que algo pueda hacerse sin nosotros, ¿es razón suficiente para decidir que se haga sin nosotros?’
El trabajo no es solo su efecto sobre el mundo exterior, algo que quizá pueda asumir una máquina. Tampoco debería ser simplemente lo que queda tras automatizar todo lo posible. El trabajo es también su huella en nosotros: esa huella “intransitiva” que deja en quien lo realiza, el golpe de cincel con el que el ser humano, al transformar el mundo, se talla también a sí mismo.








