El profesor Alberto Requena analiza la influencia de la Santa Sede en la Unesco y destaca el papel de la cultura en la identidad humana, la soberanía de las naciones y la construcción de la paz.
Por Alberto Requena. 15 octubre, 2026. Publicado en El Tiempo, el 11 de octubre del 2026
Catedral de San Pedro en Roma
La reciente visita del papa León XIV a la Unesco ha recordado la historia de las relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), organismo especializado de la ONU. De hecho, la Iglesia Católica tiene una Misión de Observación Permanente ante la Unesco desde 1951 en París. El primer representante fue el Mons. Angelo Roncalli quien años después sería elegido como sumo pontífice, adoptando el nombre de Juan XXIII.
En la década de los ochenta, el papa Juan Pablo II tuvo una activa relación con la ONU. Dirigió cartas, mensajes y realizó diferentes visitas a la propia Asamblea de las Naciones Unidas en dos ocasiones en Nueva York, así como a la Organización Internacional del Trabajo (OIT) en Ginebra, la Organización para la Alimentación y la Agricultura (FAO) en Roma y a la Unesco. Con esta última tuvo un acercamiento más personal debido al interés del Papa Peregrino por el mundo de las artes y la cultura.
En junio de 1980 dirigió un famoso discurso en la sede central en París, donde destacó que la cultura es la dimensión esencial del ser humano -gracias a la cual la persona es verdaderamente más humana- y subrayó la primacía del hombre sobre los objetos, del ser sobre el tener y de la ética sobre la técnica. Asimismo, Juan Pablo II recordó el papel de la cultura en la construcción de la soberanía de las naciones como fundamento de su identidad e independencia, e instó a las organizaciones internacionales a poner el saber, la ciencia y la educación al servicio de la paz, la justicia y el desarrollo integral de la humanidad.
Unos años después, la Unesco clausuraba su gran Conferencia Mundial de Políticas Culturales en México. En su declaración de 1982 se definió la cultura “como el conjunto de los rasgos distintivos, espirituales y materiales, intelectuales y afectivos que caracterizan a una sociedad o un grupo social. Ella engloba, además de las artes y las letras, los modos de vida, los derechos fundamentales al ser humano, los sistemas de valores, las tradiciones y las creencias”.
En esta conferencia, se sostuvo que la cultura “da al hombre la capacidad de reflexionar sobre sí mismo. Es ella la que hace de nosotros seres específicamente humanos, racionales, críticos y éticamente comprometidos. A través de ella discernimos los valores y efectuamos opciones. A través de ella el hombre se expresa, toma conciencia de sí mismo, se reconoce como un proyecto inacabado, pone en cuestión sus propias realizaciones, busca incansablemente nuevas significaciones, y crea obras que lo trascienden”.
Según esto, no sería apresurado afirmar que la influencia de la Santa Sede en la Unesco superó las meras relaciones diplomáticas.








