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Abr

2026

En las elecciones modernas, el problema ya no es la ausencia de información, sino la burocratización del acceso a la “verdad”.

Por Jeng Cheng Nakazaki Hum. 14 abril, 2026. Publicado en semanario El Tiempo, el 12 de abril de 2026

Existen cronogramas, plataformas, resoluciones, hojas de vida y expedientes. Pero, todos estos datos no terminan de acercar al ciudadano a la política, sino que lo aíslan de manera descarada. La información existe, pero, aparece dispersa, tardía, fragmentada y redactada en un lenguaje técnico, poco útil para quien necesita tomar una decisión y entender cómo las propuestas impactan en su vida.

Una verdad que llega tarde manipula la campaña, induce al error al elector y rompe con el tejido democrático. El tiempo en la política no es neutral y justamente aquí está todo el problema de fondo. Para una verdadera transparencia debemos contar con instituciones competentes que nos brinden los espacios para encontrarnos con la información en el momento correcto, no meses después.

Ahí radica el laberinto. Una parte de los datos está en plataformas digitales, otra en expedientes físicos, otra en resoluciones y otra en reglamentos que remiten a otros reglamentos. El sistema marca la casilla, archiva el expediente, lo publica en la web y declara misión cumplida. El ciudadano, sin embargo, sigue sin poder encontrarse con la claridad. Los periodistas tienen que hacer malabares en medio de todo el mar de datos para dar un solo titular. En este paradigma, la transparencia se vuelve solo una fachada de barro, donde nace la posverdad. Con ello, la información pasa de ser un derecho ciudadano a un privilegio para los especialistas.

Una información burocratizada desalienta al ciudadano y al periodista, encarece la fiscalización y refuerza la percepción de que la política opera para quienes saben moverse dentro del sistema. El resultado es una exclusión silenciosa, donde la mayoría no es rechazada formalmente, sino que, simplemente, no puede competir. Exigirle participación cívica a quien no tiene las herramientas para descifrar el proceso es —en el mejor de los casos—, ingenuidad, y —en el peor—, cinismo.

La burocratización de la información no solo obstruye el acceso; también profundiza el desinterés ciudadano, generando una profunda brecha entre nosotros y la esfera pública. Cuando la democracia no informa es porque no quieren que se sepa la verdad, porque la verdad puede ser incómoda. Tenemos más candidatos que respuestas. Y, sin embargo, nadie parece dispuesto a hablar del estado real de la democracia que todos dicen querer gobernar.

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