Pocas ciudades del país muestran con tal claridad esta situación: la de una ciudad cuya identidad y modus vivendi inicial fueron, progresivamente, reconfiguradas en los últimos sesenta años, a través de un proceso silencioso.
Por Victor Velezmoro. 18 enero, 2026. Publicado en diario El Peruano, el 18 de enero de 2026El 18 de enero, la ciudad de Lima estará de aniversario. A diferencia de otras ciudades, como Piura (más próxima en fechas, más alejada en sus propósitos), Lima se visualiza en el 2035 como una ciudad puerto de amplio acceso y con gobiernos locales que vienen implementando un desarrollo territorial sostenible. En pocas palabras, Lima quiere convertirse en una ciudad moderna, abierta al tránsito mundial, de gran infraestructura urbana, con proyectos claves realizados o por terminar, y con una población que ha logrado superar las grandes cuentas pendientes: violencia, basura sin gestionar, desorden, discriminación e informalidad. A ojos de este limeño, que la visita por temporadas, Lima se dirige a lograr dicha visión.
Cada viaje, ha puesto a prueba la imagen guardada en la retina de la memoria personal frente a la imagen fáctica de la realidad. Ya no se trata solo del traslado de los libreros de la avenida Grau al Campo Ferial Amazonas o del desalojo de los informales de “polvos azules” y la creación de la Alameda Chabuca Granda. También, de la transformación de las calles llenas de arena en lo que se llamaban “conos” y de los peligrosos vericuetos en torno al antiguo mercado de La Parada, como del perdido aire residencial de las avenidas Arequipa o San Felipe, cuyas casonas mostraban balcones traídos del centro histórico; o del entorno íntimo, de barrio, que guardaban algunas calles de Barranco o Pueblo Libre. La ciudad ha cambiado, no cabe duda. Se ha hecho cosmopolita.
Cada reencuentro permite constatar el crecimiento exponencial demográfico de las últimas décadas, que ha provocado problemas centrales de transporte, vivienda y falta de una gestión eficiente de los servicios públicos. Los distintos gobiernos, de las más de cuarenta municipalidades distritales, han brindado algunas soluciones, la mayoría concebidas con rigor técnico y ajuste económico que, sin embargo, no han logrado responder, de manera concreta y visible, al asunto principal latente: ¿cómo gestionar Lima, como una sola ciudad o como muchas? ¿Como un territorio autonómico integral o como un conglomerado de administraciones independientes?
Pocas ciudades del país muestran con tal claridad esta situación: la de una ciudad cuya identidad y modus vivendi inicial fueron, progresivamente, reconfiguradas en los últimos sesenta años, a través de un proceso silencioso, violento, autónomo, desordenado e ininterrumpido, que superó con creces la capacidad de gestión de la autoridad local, al punto de que ahora es posible observar dos realidades que viven en paralelo, juntas pero inconexas: la ciudad ordenada y la del caos. ¿Acaso no es este el origen de la desigualdad que persiste en Lima?
Es curioso comprobar que una ciudad puede mostrar distintas caras a la vez: la ciudad virreinal, recuperada en parte gracias a las acciones de rehabilitación realizadas por la municipalidad metropolitana; la ciudad del desborde popular que, de manera colectiva y autogestionaria intenta -a duras penas- salir adelante; la ciudad moderna que, en la senda de la Agrupación Espacio incorpora los estilos internacionales; o la urbe metropolitana que, en la práctica, ha absorbido otros pueblos y ciudades que eran lejanos no hace mucho. Ya decía Reynaldo Ledgard, en 1996, que el signo de los tiempos está en la tensión generada entre lo universal y lo local, entre “generalizaciones abstractas de la modernización” y la permanente presencia de lo tradicional.
Lo mismo sucede con la identidad limeña: del lejano eco de la ciudad “tres veces coronada donde nació la marinera”, cantada por el maestro Raygada, o de aquella de los muchachos provincianos que se levantan temprano para ir a trabajar; y la realidad actual que muestra una urbe en donde “todos a la cima, todos quieren llegar” pero cuyo problema radica en que “no importa el camino, todos van a llegar a la cima”; esto es, una ciudad de individuos, que enfrenta a unos y otros, una ciudad sin proyectos comunes.
A lo mejor ahora, faltando cada vez menos años para el quinto centenario, sea el tiempo perfecto para repensar la ciudad que se quiere para el futuro. Una Lima en donde el peatón, el ciudadano, la persona, en suma, sea el fin último de su desarrollo y el bien común constituirse en la meta de cualquier gobierno municipal. Lewis Mumford dijo: “La ciudad tendrá que desempeñar en el futuro un papel todavía más significativo que en el pasado, si llega a despojarse de los defectos de origen que la han acompañado en el curso de la historia”. Tal es el reto de Lima, camino hacia su quinto centenario de fundación.











