La campaña electoral del 2026 ha confirmado el impacto de lo digital en la política, pero también una transformación más profunda: la forma en que se construye y decide el voto ha cambiado
Por Mela Salazar. 28 abril, 2026. Publicado en El Tiempo semanal el 26 de abril del 2026Hoy, la competencia no se libra únicamente en propuestas o ideologías, sino en la capacidad de conectar emocionalmente, generar comunidad y sostener una narrativa en un entorno saturado.
Con más del 70% de la población activa en redes sociales, estas plataformas son el principal campo de batalla. Sin embargo, su predominio no ha desplazado del todo a los medios tradicionales. La televisión y la radio siguen siendo determinantes en amplios sectores, lo que obliga a las campañas más sofisticadas a operar bajo una lógica omnicanal: un clip viral puede nacer en un debate televisado, y una declaración radial puede escalar rápidamente en redes.
Este ecosistema híbrido se enfrenta a un ciudadano complejo. Tras años de inestabilidad y escándalos, el sentimiento predominante es el hartazgo activo, que condiciona la recepción de cualquier mensaje político.
El discurso del “outsider” mantiene atracción, aunque cada vez más diluida. En una elección con múltiples candidatos apropiándose de esa narrativa, la etiqueta pierde su capacidad de diferenciación. A esto se suma un rasgo clave: la decisión de voto tardía amplifica el impacto de debates, cierres de campaña y momentos virales.
La ilusión de mayoría y el rol de los creadores de contenido
Las redes sociales no operan como espacios neutrales, sino moldeados por algoritmos que priorizan la conexión emocional. Esto genera burbujas donde cada grupo percibe una realidad distinta y refuerza la idea de un respaldo masivo a su candidato.
La opinión pública se fragmenta en “minicomunidades” que no dialogan entre sí. En plataformas como TikTok, la campaña ya no busca persuadir racionalmente, sino insertarse en códigos culturales: memes, trends y símbolos compartidos. La política se convierte así en una forma más de entretenimiento en línea, construyendo identidad y pertenencia.
Este ecosistema se potencia con la irrupción de streamers como nuevos intermediarios de opinión. Cada intervención de un candidato es reinterpretada y resignificada en tiempo real, generando un ciclo constante: declaración, reacción de influencers, viralización y nueva circulación. En ese proceso, el control del mensaje se diluye.
César Acuña, por ejemplo, invirtió fuertemente en streamers para promocionar su imagen en TikTok y Kick, buscando captar a los casi 7 millones de votantes jóvenes de entre 18 y 29 años.
#PorEstosNo, cuando el rechazo se organiza
El hartazgo ciudadano ha encontrado nuevas formas de expresión colectiva. El movimiento #PorEstosNo ejemplifica este cambio y lo que comenzó como una consigna digital se convirtió en un mecanismo de presión visible en el espacio público. No busca promover candidatos, sino vetarlos. Es una participación política basada en el rechazo organizado, que evidencia el tránsito del desencanto pasivo a la acción colectiva.
Estrategias diversas en un terreno común
Este contexto explica por qué las candidaturas han seguido caminos tan distintos. Algunas han apostado por la consistencia discursiva y la consolidación de un voto duro; otras, por la confrontación y la visibilidad; y algunas más han encontrado en la viralidad orgánica un crecimiento acelerado.
El caso de Carlos Álvarez ilustra el poder del humor y la autenticidad percibida. Su ascenso no responde a una gran inversión en redes sociales, sino a su capacidad de generar contenido que circula naturalmente. En contraste, candidaturas con fuerte presencia mediática han enfrentado límites cuando su narrativa entra en contradicción con sus actos. Figuras como Ricardo Belmont evidencian la vigencia de estrategias basadas en comunidad y pertenencia. Propuestas más técnicas, como las de Jorge Nieto o Alfonso López Chau, enfrentan el desafío de traducir credibilidad en alcance en un entorno dominado por lo emocional.
Todo esto revela una transformación estructural: las campañas ya no compiten solo por votos, sino por atención, identificación y permanencia en la conversación digital. La inversión publicitaria, aunque relevante, no garantiza impacto. La viralidad orgánica puede resultar más efectiva, siempre que los candidatos logren insertarse en códigos culturales y construir comunidades que defiendan su narrativa.
Un desenlace abierto en un entorno inestable
La elección de 2026 expone una tensión de fondo: mientras las herramientas de comunicación se sofistican, la confianza en la política se debilita. Agrupaciones con despliegues millonarios como APP, Podemos, Partido Morado o Acción Popular han recibido un claro rechazo en las urnas.
Esto obliga a los candidatos a operar en un terreno inestable, donde cualquier error se amplifica y la coherencia narrativa se vuelve un activo crítico. Más allá de propuestas o estructuras partidarias, el resultado depende de quién logre movilizar a sus comunidades, sostener un relato consistente y navegar las controversias de una campaña hiperexpuesta.
En una elección donde todo queda registrado y puede reactivarse en cualquier momento, la política ya no se define solo por lo que se dice, sino por cómo circula, quién lo amplifica y qué significado adquiere en el ecosistema digital. Y ahí, más que nunca, se juega el voto.








