Es mentira que haya oposición entre fe y política. La política se asienta sobre principios de fe y ambas esferas de actuación deben armonizarse, porque están al servicio de la dignidad de la persona humana.
Por Renato Cárcamo. 25 febrero, 2026. Publicado en diario Correo, el 22 de febrero de 2026Había una vez, hace miles de años, en un pueblo muy lejano, unos hombres que sostuvieron y escribieron que el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios, del único Dios, creador de todas las cosas. En un mundo en el que los faraones, emperadores y reyes se creían representantes únicos de los dioses, este mensaje era una bomba política, dado que afirmar que cada ser humano, sin excepción, porta la imagen divina, es la declaración de igualdad y dignidad universal más radical que se podía hacer y es, en el fondo, la raíz filosófica de los derechos humanos.
Aceptar ese postulado político como válido y verdadero implicó el paso de varios miles de años. Y, actualmente, los hombres, en sus constituciones políticas, las normas supremas de cada ordenamiento jurídico, lo recogen. Así, por ejemplo, el artículo 1 de la nuestra dice que “la defensa de la persona humana y el respeto de su dignidad son el fin supremo de la sociedad y del Estado”. Y, en base a eso, su artículo 2 establece una larga lista de inviolables derechos humanos.
De modo que, es mentira que haya oposición entre fe y política. La política se asienta sobre estos principios de fe. Por ejemplo, el principio que reza “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” no implica separación, ni mucho menos oposición, como algunos “políticos” creen, sino una clara distinción de ambas esferas de actuación, pero que deben armonizarse, porque ambas están al servicio de la dignidad de la persona humana, que está hecha a imagen y semejanza de Dios.
Debemos exigirles a nuestros políticos que cumplan con ese mandato máximo.








