07

Ene

2026

ARTÍCULO DE OPINIÓN

El valor de la palabra en las redes sociales

La comunicación digital ha configurado un nuevo ecosistema que impacta profundamente en la lengua, el vocabulario, incluso en la gramática, lo cual genera novedades lingüísticas y consenso popular a una velocidad sin precedentes.

Por Rosa Bobbio Álvarez. 07 enero, 2026. Publicado en diario El Peruano, el 20 de diciembre de 2025

Este análisis aborda la encrucijada de nuestro tiempo: ¿Quién tiene el poder de decidir qué palabras podemos usar y cuáles deben desaparecer? La comunicación digital ha configurado un nuevo ecosistema que impacta profundamente en la lengua, el vocabulario, incluso en la gramática, lo cual genera novedades lingüísticas y consenso popular a una velocidad sin precedentes. Hoy, plataformas como X, TikTok o Instagram se han convertido en el nuevo escenario donde nuestro idioma se transforma cada segundo. Paradójicamente, mientras el nuevo lenguaje se difunde a esta velocidad vertiginosa, el esfuerzo por cuidar su uso nos ha llevado a la paradoja de la “censura algorítmica”. Urge preguntarnos: ¿Es posible que la sensibilidad social y cultural de nuestro tiempo nos esté llevando a la restricción de la expresión, olvidando que la palabra es nuestro tesoro más preciado?

Las plataformas digitales al tratar de evitar situaciones de discriminación o daño, restringen el uso de ciertas palabras –escritas y orales–, por ejemplo: muerte, negro, suicidio, entre otras. Esta medida se basa en la intención de “proteger” a los usuarios, pero plantea una cuestión fundamental: ¿realmente los algoritmos comprenden el significado semántico y contextual de las palabras que comunicamos? Al parecer, la restricción se aplica al significado literal (semántico), y considera los mensajes de acuerdo a cómo se relacionan con el mundo exterior.

Aquí radica el valor ineludible de la pragmática, disciplina gramatical, lingüística que permite comprender los enunciados desde su estructura lingüística y, fundamentalmente, desde el contexto en que se producen. En efecto, Reyes (1996, p.19) considera que «interpretar lo que el otro dice es reconocerle su intención comunicativa, lo cual es mucho más que reconocer el significado de las palabras». Dicho de otro modo, la intención es lo que el hablante realmente quiere decir; sin embargo, esta característica esencial es ignorada por los algoritmos.

Reflexionemos tomando un ejemplo de las redes sociales. Si decimos o escribimos: “La semana de exámenes fue un período negro en mi vida universitaria”, la intención del hablante no consiste en discriminar -por la raza- al receptor del mensaje, sino en usar la palabra “negro” como un adjetivo para expresar dificultad o tristeza en una situación específica. A pesar de esta claridad contextual, el algoritmo, por el simple uso del término “negro”, clasifica la expresión como sospechosa. El problema radica en que este es incapaz de distinguir la intención comunicativa y el matiz cultural o la connotación moral del lenguaje.

Los sistemas digitales fallan porque, aunque buscan cuidar el lenguaje, no consideran los pilares que, según Escandell 2014, sostienen la comunicación humana: la acción (implica hacer algo con las palabras), la interacción (presencia de un destinatario inserto en un tejido social) y la convención (pautas lingüísticas y socioculturales). Por consiguiente, la comunicación humana es, ante todo, una actividad intencional y una forma de interacción social, dimensiones que no se distinguen en las redes sociales.

Precisamente, por esta omisión los algoritmos son incapaces de distinguir la ironía —un recurso que, desde Sócrates, se ha usado para significar algo opuesto a lo convencional, aportando algo que no está incluido en modo alguno en el significado literal: algo que “enriquece” el acto de comunicación— o el deseo implícito en una pregunta. De este modo, se demuestra que al restringir el análisis al significado semántico se ignora la complejidad de las estrategias discursivas y la riqueza del contexto.

Finalmente, en nuestro contexto cultural, configurado por las nuevas tecnologías digitales y audiovisuales, es vital reafirmar el valor fundacional de la palabra –escrita y oral–. Al evocar el inicio del prólogo del cuarto Evangelio: «En el principio era la Palabra (Lógos, Verbum) (…) Todo se hizo por medio de ella» (Jn 1, 1- ¿?), recordamos que el lenguaje es un acto creador que da forma a la realidad y la dota de sentido. Por tanto, nuestro verdadero reto no solo debe ser corregir, sino también impulsar sistemas de comunicación a través de los cuales se reconozcan la dimensión viva y contextual del lenguaje, que es la expresión de las personas y de su intimidad. Así, aseguraremos que, al intentar evitar el daño, no estemos censurando o desfigurando la intención y el contexto de la expresión humana.

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