Hace justo un año se publicaba, en agosto de 2025 (Lima: IIDA), un libro que recoge siete relatos del escritor y abogado cataquense José Ortiz Reyes (1912-2001).
Por Carlos Arrizabalaga. 19 agosto, 2026. Publicado en el semanario El Tiempo el 16 de agosto del 2026Apenas conocido incluso en Piura, solo Carlos Robles Rázuri (1958) alude a su novela Simache, en términos un poco imprecisos: “enfoca el problema del indio en los campos con realismo y crudeza” (Por razones muy personales, no quiso que se divulgara su obra y la primera edición de Simache (Lima, Imprenta Barrantes, 1941) quedó pronto olvidada. Fue su hijo Alejandro Ortiz Rescaniere (1996), quien rescató su figura, por haber sido uno de los mejores y más antiguos amigos de José María Arguedas. Castro Pozo había sido su profesor de quinto de media. Sus primeros relatos los escribió en Lima, siendo estudiante de la Facultad de Derecho:
Aquello ocurrió cuando en el año de 1940 la Universidad de San Marcos convocó a un concurso de juegos florales, al cual presenté mi cuento Espectros, y gané. Pero presenté también, al lado de Espectros, mi pequeña novela Simache, que versa sobre experiencias de mi infancia en una hacienda piurana.
Cesar Falcón integraba el jurado. Recién había retornado al país luego de dos décadas de actividad política comunista en España. Lo animó a publicar Simache y se ofreció a escribir el prólogo, pero con términos despectivos contra la obra, acusándola, entre otras cosas, de “mojigatería”. Ortiz sacó su novela sin el prólogo de Falcón, quien “nunca fue su amigo”, sino un activista de extrema izquierda muy destacado; pero, en lo personal, hasta sus correligionarios lo detestaban por embaucador y prepotente.
La nueva edición de Simache (2025) cuenta con una elogiosa presentación de José Carlos Vilcapoma y una inteligente introducción de Chistian Fernández. El primero refiere detalles familiares a partir de testimonios de Alejandro Ortiz Rascaniere. Resalta su relación con Arguedas y tal vez lo más interesante son los detalles que ofrece del grupo de amigos intelectuales que se reunían en la peña Pancho Fierro, así como de la “emoción” política del joven Ortiz Reyes. Con ello, parece justificar la oportunidad de publicar los relatos, aunque no hay ningún comentario o valoración de estos, ni referencias a la trayectoria posterior de su autor.
Igualmente, Fernández destaca la relevancia del libro por la polémica suscitada entre Falcón y Arguedas, y es muy destacable su aporte ya que rescata las distintas reseñas que recibió en su época Simache. Más allá de los debates coyunturales, Fernández reconoce con acierto que Ortiz Reyes constituye uno de los fundamentos de la narrativa norteña (precedente inmediato de Vegas Seminario) y contribuye además a comprender mejor la obra situándola en el contexto de los premios literarios de la época: Falcón respondía a una visión demasiado tradicional de la literatura y Arguedas estaba ofuscado por no haber sido seleccionado para un concurso latinoamericano (que daría el primer premio a Ciro Alegría). Sin embargo, se echa de menos alguna alusión al movimiento literario regionalista del momento.
Tampoco hacen especial mención de los personajes, el espacio narrativo, la trama argumental o el estilo literario de Ortiz Reyes, y faltaría una apreciación más precisa de su calidad o de su significación. Hay, además, algunos descuidos, como que no actualiza la ortografía. Siquiera para corregir erratas de la impresión original, como cuando escriben “yucum” en lugar de “yucún” (comofigura en el vocabulario).
Lo más llamativo es que Vilcapoma afirma ingenuamente que Simache era una hacienda de Catacaos: “la más pequeña”, y que además “era de propiedad familiar”, cuando sabemos que el padre de Ortiz Reyes fue administrador de la hacienda Simbilá. Y cuando Fernández concluye taxativamente que Simache era “un pueblo imaginario”. Lo cierto es que Simache es el nombre de una pequeña loma cercana a Catacaos, donde se ubican algunos restos prehispánicos que los arqueólogos quieren ahora poner en valor. En la novela se presenta como una loma “cubierta de caracolitos y de conchas”, rodeada de algodonales, a los que amenazaba tenazmente el arrebiatado
Desde una mirada de niño, Ortiz refleja algunos detalles de su infancia como interno en el Salesiano. El mismo tono nostálgico que emplea ahora Roger Santiváñez en sus remembranzas publicadas bajo el título Corazón zanahoria (2019), aunque este fue al colegio San Ignacio, y en lugar de la Feria de Reyes en Sullana, describe ahora los carnavales en Piura.
No puedo dejar de destacar un aspecto no estrictamente literario de Simache: su glosario constituye uno de los primeros vocabularios de piuranismos: chucaque, chiguisos, chirocas, churuco, de juro…; junto a las voces “afroyungas” de López Albújar (1938) y los modismos de Castro Pozo (1940).
Algunos términos se consignan solamente por su pronunciación: “agora, ahora”; kerosín, kerosene”; “tiojeye, te ojee, del verbo ojear”. Simache registra así muchos fenómenos propios del dejo piurano. Es interesante la presencia de léxico rural, que incluye palabras ya olvidadas: “miñate, hierba forraje”; “naparo, hierba como el miñate, pero de calidad inferior”; “pellones, pieles de carnero”.
Debemos celebrar la edición de esta narrativa piurana fundacional, no solamente por las polémicas y vinculaciones que se establecieron en torno a su creación, sino, principalmente, por la calidad literaria y la calidez humana de su autor, por la variedad de las temáticas que aborda y, finalmente, porque constituye una rica fuente de información de cómo era la Piura real en el primer tercio del siglo XX.








