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2026

La inteligencia artificial (IA) avanza a pasos agigantados y transforma no solo industrias sino, también, la cotidianidad de millones de personas.

Por Rosa Gonzáles Martínez. 02 julio, 2026. Publicado en semanario El Tiempo, el 28 de junio de 2026

En Perú, según datos del Instituto Nacional de Estadística e Informática (INEI) de 2025, uno de cada cinco trabajadores ya está expuesto a la automatización tradicional, mientras que el 24.1% enfrenta riesgos por la inteligencia artificial generativa, especialmente en los sectores de servicios y educación. La universidad, como pilar de la formación profesional, tiene una gran responsabilidad: enseñar fundamentos teóricos y habilidades técnicas y, sobre todo, formar líderes capaces de gestionar la IA para resolver necesidades sociales reales.

El mayor riesgo de la IA no radica en su poder disruptivo, sino en la tentación de trasladar nuestro pensamiento y esfuerzo mental a una herramienta externa a uno mismo. Estudios recientes del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), publicados en 2024, demuestran una caída del 47% en la conectividad neuronal entre estudiantes que delegan tareas complejas sin supervisión, lo cual genera lo que los investigadores llaman “deuda cognitiva”. Esta no es una pérdida irreversible de inteligencia innata, sino un empobrecimiento progresivo de nuestras capacidades: memoria debilitada por no retener información, dependencia excesiva de prompts predefinidos, comprensión superficial de conceptos y un deterioro del pensamiento crítico.

Imaginemos un estudiante de ingeniería, que usa IA para resolver ecuaciones diferenciales sin entender su aplicación en sistemas de irrigación, inicialmente gana tiempo, pero con el uso prolongado, su capacidad de análisis disminuye. Esto afecta la atención sostenida, la tolerancia al esfuerzo intelectual y la originalidad en proyectos. En resumen, un uso total y acrítico de la IA empobrece cognitivamente; en cambio, un enfoque parcial y guiado la convierte en aliada del aprendizaje profundo.

Paradójicamente, un buen uso de la IA genera eficiencia al agilizar tareas repetitivas y libera tiempo para actividades exclusivamente humanas como inspirar a colegas, orientar con empatía y formar estudiantes con un fuerte sentido ético. Por ello, urge generar conciencia sobre los riesgos de su uso excesivo, realizar campañas educativas y establecer métricas simples como indicadores diarios del uso de IA que puedan ayudar a profesores y estudiantes a autorregularse.

Con la IA como tecnología de propósito general, similar a la electricidad en el siglo XX, el ámbito educativo demanda una gobernanza integral. Esta incluye ofrecer marcos de trabajo con herramientas adecuadas para profesores, como plataformas que detecten el uso excesivo de IA en entregas, y establecer regulaciones diferenciadas por contextos protocolos específicos para aulas, evaluaciones e investigación.

Algunas estrategias prácticas para el aula pueden incluir el discurso oral, la argumentación crítica y la comprensión real de los outputs generados. Por ejemplo, evaluaciones híbridas que comprendan exámenes orales, en los cuales los estudiantes expliquen y critiquen respuestas de IA.

El desafío no es prohibir la IA, lo cual es imposible en un mundo digital, sino diseñar experiencias en las que los estudiantes justifiquen, cuestionen y creen; y, no solo consuman respuestas prefabricadas.

Al integrar la IA bajo un enfoque ético, con criterio humano y social, transformamos a los estudiantes en agentes de cambio, en profesionales que usen la IA para fortalecer comunidades, no para reemplazar mentes. No se trata de delegar nuestra capacidad, sino de potenciarla para servir mejor al entorno. Adaptémonos, formémonos con responsabilidad y usemos la tecnología para construir un progreso humano, inclusivo y equitativo.

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