Artículo escrito por Pierina Becerra, psicóloga de la Unidad de Salud Mental. Cada vez más estudiantes universitarios llegan a consulta diciendo que se sienten cansados, desbordados o frustrados. A menudo, no pueden explicar por qué se sienten así, solo saben que, tras meses de exigirse en silencio y normalizar un agotamiento emocional que no lograron […]
Por Dirección de Comunicación. 03 marzo, 2026. Publicado en Semanario El Tiempo el 22 de febrero de 2026.Artículo escrito por Pierina Becerra, psicóloga de la Unidad de Salud Mental.
Cada vez más estudiantes universitarios llegan a consulta diciendo que se sienten cansados, desbordados o frustrados. A menudo, no pueden explicar por qué se sienten así, solo saben que, tras meses de exigirse en silencio y normalizar un agotamiento emocional que no lograron identificar a tiempo, “no pueden más”. Muchas veces, no se trata de una falta de capacidad académica, sino de estar experimentando algo más profundo: el no saber hacer frente a lo que sienten ante la presión, la exigencia y la incertidumbre de la etapa vital en la que se encuentran.
La universidad es un espacio de formación profesional y, al mismo tiempo, un escenario de grandes desafíos emocionales, donde exámenes, decisiones importantes, expectativas familiares, comparación constante y miedo al error forman parte del día a día. Algunos estudiantes van desarrollando, poco a poco, una ansiedad o una tristeza persistentes; otros, manifiestan síntomas de desconexión, irritabilidad o algún tipo de agotamiento emocional.
No todos los que tienen estos síntomas están en crisis; pero sí muchos se sienten emocionalmente desbordados. En estos casos, la regulación emocional cobra un papel fundamental; aunque debemos considerar que, regular las emociones no equivale a reprimirlas, a ignorarlas o a “ser fuerte” en todo momento. Este manejo o gestión de las emociones equivale a aprender a reconocer lo que sentimos, a comprender las razones de ello y escoger la manera de actuar, en lugar de reaccionar de modo impulsivo. No es una habilidad nata, sino un aprendizaje que hay que adquirir, y que se debe enseñar desde la infancia.
Sin embargo, seguimos transmitiendo mensajes poco útiles: “no llores”, “no exageres”, “tienes que poder”, “otros están peor”. Estas frases, aunque bien intencionadas, enseñan a desconectarse de las emociones en lugar de comprenderlas. Padres, docentes y cuidadores, muchas veces, tampoco recibieron herramientas para manejar su mundo emocional, por lo que replican lo que aprendieron.
En este punto, es clave promover una mayor conciencia emocional; es decir, desarrollar la capacidad de percatarnos de lo que está sucediendo en el interior, antes que el malestar se acumule y nos suscribamos a una realidad paralela. Parar, observar cómo nos sentimos y evaluar nuestras reacciones puede hacer la diferencia. Cuando un estudiante es consciente de que se siente ansioso, frustrado o, incluso, abrumado, tiene muchas más probabilidades de cuidarse y pedir ayuda a tiempo.
Otro aspecto esencial es desarrollar flexibilidad psicológica, una habilidad que nos permite adaptarnos a situaciones difíciles sin quedarnos atrapados en pensamientos rígidos o autocríticos. La vida universitaria no siempre discurre como desearíamos; sin embargo, aprender a tolerar la incomodidad, el error o la frustración es un aspecto fundamental del bienestar emocional y el desarrollo personal.
En este camino, la autocompasión es un recurso especialmente valioso. No implica justificarse ni huir de la responsabilidad sino de tratarse con respeto y comprensión, cuando las cosas no han ido bien. Muchos estudiantes se tratan con dureza, se exigen en exceso y se autoflagelan por no llegar a las metas que se marcan. Aprender a acompañarse a sí mismo, con amabilidad, contribuye a disminuir el impacto del estrés y a mantener una relación más sana con uno mismo.
Entonces, la regulación emocional no es solo tarea de los estudiantes. Las familias pueden generar espacios donde se validen las emociones; y, los docentes, climas de aprendizaje más humanos. Asimismo, las universidades pueden incluir programas preventivos que refuercen estas habilidades, porque cuidar la salud emocional no es un lujo ni una tendencia, es una necesidad.








