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Ene

2026

ARTÍCULO DE OPINIÓN

Ortografía de dos ciudades

Cuatro letras aparentemente insignificantes de pronto valen para identificar en Tacna y Arica a las redacciones y a los propietarios de los negocios que imponían sus anuncios con la ortografía de su preferencia.

Por Carlos Arrizabalaga. 12 enero, 2026. Publicado en diario El Peruano, el 10 de enero de 2026

Giovanna Pollarolo publica un simpático y sentido recuerdo familiar de su infancia en Tacna. Lo que contaban había ocurrido allá “en tiempo de Chile”; aunque la nona no quería hablar mucho de todo aquello. Jorge Basadre y Sara Neuhaus de Ledgard habían plasmado hacía décadas relatos testimoniales entre afligidos y esperanzados de sus años de primaria en la época de la más intensa chilenización. José Jiménez Borja con Basadre habían publicado un valiente alegato de su legítimo amor por la ciudad, aunque el primero tuvo que marcharse a La Paz, primero; y, finalmente a Lima.

Los recuerdos siempre vienen asentados con recortes de periódico. La prensa construye memoria. Carlos A. González Marín estudió el periodismo peruano en Tacna. Andrés Freyre Fernández funda El Tacora en 1882. Luego vienen El Deber (1887), El Caplina (1887), El Ramillete (1889), El morro de Arica (1890) y, sobre todo, La voz del sur (1893), donde escribe ardorosamente Federico Barreto. Los chilenos difunden El Norte, Las Noticias y El Pacífico, entre otros. Nilo Rueda Valverde refiere que fueron los profesores chilenos del liceo quienes publican El Tacneño (1893), de corte anticlerical, que acabó cerrando pese a que contaba con ayuda de fondos municipales.

Que Tacna y Arica no debieron quedar separadas. Que ellos eran italianos y no parecían peruanos (ni chilenos). Que no había tantas diferencias sino intereses y estrategias de terceros. La atmósfera de desazón se hereda como una memoria de un cautiverio injusto que todavía nos interpela. En los últimos años, señala Giannina Miranda Wilson se aborda el problema de la ocupación de las “provincias cautivas” buscando rescatar el papel de protagonistas relegados antaño en el contexto de una comunidad diversa y multiétnica, como los de Alberto Díaz Araya y otros. Aquí nos fijaremos en la ortografía.

El Norte ataca a un tal Zoilo, corresponsal de El Imparcial de La Paz, un 13 de setiembre de 1899, porque había hecho un desmentido “en tono patético i en la jerga que acostumbra”, deplora. “I qué bien había sabido el castellano ese tata!”

Porque debió haber dicho, según los modos chilenos, “una desmentida”, pero delata su rechazo al evidencial andino. El lenguaje se convierte en campo de batalla de baja intensidad, que refleja la tensión social. Los chilenos usan más la ortografía de Bello y los peruanos prefieren atenerse a la norma académica. Sobre todo, respecto al uso de la conjunción “y”, que los chilenos escriben siempre “i”. Aunque al principio todo daba igual: El Tacora usa “i” en sus inicios; también lo hacían algunos en Perú, como José Gabriel Cosío en el Cusco.

En los periódicos, el uso no es del todo consistente y el Tacneño usa “y” a veces; pero los chilenos se hacen notar: “Vicente Dagnino se ausenta por mes i medio, pidiendo a sus amigos i a su clientela órdenes a Santiago. La urjencia de su viaje le ha impedido cumplir personalmente con ese deber” (El Norte, 15/09/1899).

El uso de g/j es todavía menos consistente. Weir, Scott y compañía ofrecen variedades de té “escojidos” que reciben “el aprecio general”; mientras la Confitería italiana ofrece chocolate a la crema “para la jente de buen gusto” y los invita a su local “en el Pasaje Vigil” (ambos en El Tacneño, 17/11/1886). El Rejistro Civil es una entidad oficial que escribe todo con jota, pero los nombres de las calles vacilan.

En los periódicos peruanos se escribe Pasaje Vigil, mientras que los chilenos anotan las retretas del batallón n. 6 (valses, pasodobles) en el Pasaje Vijil. Los anuncios emprenden otra guerra, porque la antigua sastrería de José Manuel Rodríguez se anuncia siempre con “y” mientras que los negocios que vienen del sur (y las notarías) utilizan siempre “i”, incluso en los periódicos peruanos. También escriben “lei”, “hoy” y “hai” en lugar de “ley”, “hoy” y “hay”, tal como lo imponía la ortografía chilena.

Cuatro letras aparentemente insignificantes de pronto valen para identificar en Tacna y Arica a las redacciones y a los propietarios de los negocios que imponían sus anuncios con la ortografía de su preferencia. Jiménez Borja (1934) publica una Ortografía práctica donde mostraba su admiración por la ortografía de las Pájinas libres de González Prada. Jóvenes, poetas y notarios muestran inclinación a la reforma, pero con el tiempo la fuerza del cambio se fue desvaneciendo y se impuso la ortografía de siempre, que en Lima era la única admitida en las universidades y colegios, la que enseñaban los materiales de enseñanza de Arturo Montoya y de Alberto Ureta, los mismos que estaban prohibidos, por supuesto, en las provincias cautivas.

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