31

Jul

2023

ARTÍCULO DE OPINIÓN

La filosofía gana la apuesta a la neurociencia

Hablamos de consciencia cuando el ser humano puede relacionarse con el mundo exterior. Y podemos constatar que nuestros sentidos nos ponen en comunicación con ese mundo externo a nosotros.

Por Jaime Millás Mur. 31 julio, 2023. Publicado en Exaudi

El filósofo David Chalmers ha ganado una apuesta al neurocientífico Christof Koch, en la que este último había asegurado que este año el mecanismo por el que, según su opinión, las neuronas producen la conciencia sería descubierto. De esto hace ya 25 años. Fue en la pasada reunión de la Asociación para el Estudio Científico de la Conciencia (ASSC) donde se declaró ganador a Chalmers. Como recoge la revista Nature, fue un estudio presentado en esa reunión lo que facilitó la resolución de la apuesta. Chalmers, actual codirector del Centro para la Mente, el Cerebro y la Conciencia de la Universidad de Nueva York, considera que “siempre fue una apuesta relativamente buena para mí y una apuesta audaz para Christof”. Sin embargo, piensa que este asunto podría resolverse porque «Ha habido mucho progreso en el campo», comenta.

Para Chalmers, la conciencia es lo que da significado y valor a nuestras vidas, lo que escucha, siente, saborea y algo más. “Comenzó como un gran misterio filosófico, pero a lo largo de los años, se ha ido transmutando gradualmente, si no en un misterio ‘científico’, al menos en uno que podemos comprender parcialmente científicamente». A pesar de estas afirmaciones y del enorme esfuerzo desarrollado en estos 25 años, parece que los científicos no logran descubrir lo que imaginan que es producido por el cerebro.

Fue en 1980 cuando C. Koch, investigador del instituto Allen para la Ciencia del Cerebro en Seattle, Washington, inició su indagación para encontrar las huellas neuronales de la conciencia. Su estudio ha tratado de descubrir, según sus propias palabras «las partes del cerebro que son realmente esenciales, realmente necesarias para generar en última instancia una sensación de ver, escuchar o querer». La resonancia magnética funcional, que mide cambios menores en el flujo sanguíneo, y la optogenética, que hace posible estimular conjuntos específicos de neuronas en el cerebro de animales, son técnicas que impresionaron al joven Koch.  “Estaba muy cautivado por todas estas técnicas”, por lo que “pensé: ¿dentro de 25 años? Ningún problema.» Entonces la la Templeton World Charity Foundation, con sede en Nassau, Bahamas, avaló un proyecto cuyo objetivo era activar la investigación sobre la conciencia llevando adelante unos experimentos “contradictorios” para comprobar diversas hipótesis.  “Si sus predicciones no se hicieran realidad, esto sería un serio desafío para sus teorías”, expresa Chalmers. Los resultados de uno de estos experimentos se revelaron recientemente en la última reunión de la ASSC. Se intentaron probar dos hipótesis: la teoría de la información integrada (IIT) y la teoría del espacio de trabajo de la red global (GNWT). IIT sugiere que la conciencia es una “estructura” del cerebro, que se sitúa en la corteza posterior, conformada por un tipo específico de conectividad neuronal que está activa mientras se produce una determinada experiencia, como por ejemplo al mirar una imagen. En cambio, GNWT apunta que la conciencia brota cuando la información se transmite a través de una red interconectada a diversas áreas del cerebro. Según esta teoría, que implica a la corteza prefrontal, esto ocurre al comienzo y al final de una experiencia.

Al realizar el experimento contradictorio, llevado a cabo por seis laboratorios independientes, los resultados no coincidieron perfectamente con ninguna de las dos hipótesis. “Esto nos dice que ambas teorías deben revisarse”, pero “el alcance de esa revisión es ligeramente diferente para cada teoría” dice Lucia Melloni, una de las investigadoras, neurocientífica del Instituto Max Planck de Estética Empírica en Frankfurt, Alemania.

En lo que se refiere a la apuesta, aunque a Koch no le fue fácil admitir su derrota, compró una caja de vino portugués de calidad para cumplir lo pactado. Preguntado sobre si apostaría de nuevo dijo: «Me duplicaría. Veinticinco años a partir de ahora es realista, porque las técnicas están mejorando y, ya sabes, no puedo esperar mucho más de 25 años, dada mi edad”.

Hasta aquí la divertida apuesta del filósofo y el científico. Ahora, recogiendo algunas ideas de María Gudín quisiera recordar que la conciencia es mucho más que lo que intentan descubrir los neurocientíficos. Y es que la función mental no puede reducirse al cerebro. En el ser humano hay algo espiritual, aunque no sea posible hallar el límite donde acaba el cerebro y comienza la mente, porque forman una unidad. La persona humana es una unidad de cuerpo y espíritu. Aunque podamos distinguir la mente del cerebro, no cabe separarlos.

En filosofía, cuando se ha tratado de la conciencia, se han dado dos posturas: en primer lugar, la que postula que no hay separación entre el mundo exterior y lo pensado, de tal forma que el mundo existe sólo en nuestra conciencia y la que, como la filosofía clásica, afirma la existencia de un mundo exterior que es objeto de la conciencia. Hablamos de consciencia cuando el ser humano puede relacionarse con el mundo exterior. Y podemos constatar que nuestros sentidos nos ponen en comunicación con ese mundo externo a nosotros. Esas sensaciones percibidas por los cinco sentidos transmiten al sistema nervioso central la información que se procesará en el encéfalo y dará respuesta a lo percibido desde el exterior.

Desde hace ya buen tiempo, los científicos vienen estudiando el misterio de la mente y consideran que se puede resolver comprendiendo el mecanismo relacionado con la conciencia. Vista desde la neurología, se entiende la conciencia como la actividad concerniente a sensaciones, emociones, voliciones o pensamientos, es decir lo que en la naturaleza no es físico. El término conciencia es difícil de definir. Para la filosofía, hasta Descartes, realidad y conciencia fueron independientes. Pero, a partir de Descartes, queda puesta en duda esta separación. El “cogito, ergo sum” (“pienso, luego existo”) nos lleva de la mano a identificar la conciencia con la realidad exterior. El mundo exterior será conocido entonces a través de la propia conciencia y sólo existirá por ella.

Los empiristas ingleses y, concretamente Berkeley, concluirá que no existe nada fuera de nuestra conciencia. Para este autor, el espíritu humano trata sólo con ideas que están formadas por sensaciones. Aunque podamos suponer que el mundo interior es una representación que nos hacemos del mundo externo, eso no pasa de ser una conjetura porque a ese mundo objetivo nadie lo ha visto, ya que nadie pude salir de su propia mente. Por lo tanto, Berkeley sostendrá como filósofo idealista que el ser de las cosas consiste en ser percibidas.

Para algunos científicos la conciencia es algún tipo de programa neural que controla el funcionamiento del cerebro. Sin embargo, el cerebro apunta a una realidad exterior y se estructura con lo que podríamos llamar un sistema de entrada conectado a los sentidos externos y otro de salida relacionado con el sistema motor. Es por tanto un órgano que se relaciona con el mundo exterior: recibe información, la procesa y cambia la realidad exterior. Otros científicos atribuyen a la conciencia una cualidad inmaterial de tipo espiritual.

Desde la ciencia, se podría definir la conciencia como una experiencia unificada referida a lo propio. En neurociencias se estudian algunos aspectos de la conciencia como memoria, percepción, afectos. Aspectos como el pensamiento, o la experiencia de unidad entre el pasado, presente y futuro, son más difíciles de conocer desde las neurociencias.

En último término, la única explicación satisfactoria al fenómeno de la conciencia es la verificación de que el ser humano no sólo es cuerpo sino también espíritu inmaterial, con inteligencia y voluntad libre, que no procede de la materia cerebral y sus conexiones neuronales. Deducimos la inmaterialidad del alma al constatar que es capaz de sentir emociones, crear arte, pensar y querer, lo que sobrepasa absolutamente a la materia. Podemos hablar de conciencia en el sentido de que, en un momento determinado, somos conscientes y para ello necesitamos del cuerpo con el cerebro, pero también desarrollamos operaciones que no son corporales o fisicoquímicas, sino que están muy por encima de la materia, la trascienden.

Markus Gabriel, profesor titular en la Universidad de Bonn sostiene que las nuevas neurociencias afirman que es la neuroquímica la que controla mi vida y mi comportamiento espiritual y consciente. En el libro “Yo no soy mi cerebro”, reseñado en Aceprensa, el autor afirma que, para este fin, la neurociencia se ha convertido en “neurocentrismo” traspasando la función de la ciencia e introduciéndose al plano filosófico con una forma de naturalismo que pretende explicar la mente y el espíritu, la libertad o el pensamiento, desde el estudio científico-experimental del cerebro humano, sin reconocer las realidades inmateriales. Para Gabriel es absurda la idea de que se pueda ver un acto del pensamiento como pretende el neurocentrismo que resulta siendo una combinación de lo que Raymond Tallis llamaba “neuromanía” y darwinitis”. Gabriel asevera que sin cerebro no habría mente, pero esto sería una condición necesaria, no una condición suficiente. De la misma manera que yo necesito la computadora para redactar este artículo, y eso no quiere decir que sea la computadora la que las escribe, una cosa es que no podamos pensar sin el cerebro y otra distinta que sea el mismo cerebro el que piensa.

 

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