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Las interpretaciones de los eruditos aficionados a la etimología, a veces, se elaboran acudiendo a supuestos significados quechuas y aimaras para topónimos que, en realidad, pertenecen a lenguas muy distintas. Es el caso de Chulucanas.

Por Carlos Arrizabalaga. 02 enero, 2023. Publicado en Suplemento Semana de El Tiempo, el 1 de enero del 2023.

 

Las interpretaciones de los eruditos aficionados a la etimología, a veces, se elaboran acudiendo a supuestos significados quechuas y aimaras para topónimos que, en realidad, pertenecen a lenguas muy distintas. Es el caso de Chulucanas, que Mariano Felipe Paz Soldán piensa que viene del aimara chulu ‘piña’ o ‘piedrecillas’ y ccana ‘mechón de cabellos’ o ‘luz’; y Leguía y Martínez (1914) interpreta de modo forzado como “me estoy derritiendo” porque algo así significaría en quechua cuzqueño.

Justino Ramírez pensaba que se referiría a mitimaes (cholos) traídos de entre una provincia cusqueña (de etnia originalmente aimara) llamada Canas (a 133 kilómetros del Cusco), pero esto no soporta el más mínimo análisis gramatical.

La etimología popular que lo explica con un cuento en torno a un “cholo” tiene menos fundamento todavía, aunque es una simpática narración que le gustaba repetir al padre Miguel Justino Ramírez (1950). Era un cholo que se apellidaba Cano, que tenía un tambo donde los viajeros encontraban siempre auxilio y por eso vino a llamarse esta estancia Chulucanas. Otros dicen porque tenía el pelo blanco o cano. Hay un lugar que fue antigua hacienda serrana, en la provincia de Huancabamba, llamada también Chulucanas. Se ubica cerca del lugar arqueológico de Cajas, seguramente por ello el padre Ramírez especula que tal vez sus pobladores vinieron de la sierra.

La ciudad de Chulucanas es una población que data de inicios de la República. En el informe de Joaquín de Helguero (1802) no figura todavía ningún centro poblado en el lugar y solo enumera las haciendas de Yapatera, Santa Ana, Morropón y Bigote, que se dedicaban a la producción de azúcar en trapiches. En 1828, el dueño de la hacienda Yapatera, don Francisco Távara, ofreció a los pobladores unos terrenos para fundar un pueblo en el lugar, y la población fue reconocida como capital del distrito de Yapatera en el primer gobierno de Ramón Castilla, en 1839.

Se dice también que fue Francisco Távara quien trajo las primeras plantas de mango de la India (Espinoza León, 2022, p.56), pero esa es otra historia, que seguro tiene que ver con la presencia de inversionistas ingleses en la región.

Es posible considerar Chulucanas como un nombre tallán (parece indicarlo el elemento final común en términos como tallanas o capullanas, y tal vez también en topónimos próximos: Malingas, Matalacas, Paimas, Talandracas), pero su interpretación resulta difícil. Me atrevería a vincularlo con el nombre autóctono del jaboncillo (sapindus saponaria), cuyo fruto en todo el norte peruano se llama choloque, que es palabra de origen incierto. En efecto, contiene un glucósido que diluido en agua produce una espuma jabonosa que los antiguos peruanos utilizaron ampliamente y que se sigue usando para lavarse el cabello; y también la ropa, en especial, la de difuntos.

Las variedades suramericanas del choloque reciben otros nombres: quilaya, quillay, kallay, kullai, palo jabón, amol, amole, balito, bibí, chambimbe, chípero, chochobolos, cholulo, chumbimbo, iyamole, jaboncillo, michú, pacón, y pacún. Antonio Brack (1999) registra los nombres choloque, boliche, borlita, checo, chocollo, choruro, jabonera, jabonillo, sullucu, conatsiqui (asháninka) y unun axu (tingana). Max Espinoza Galarza (1973) cree que choloque es palabra quechua, pero Isabel Gálvez (1999) señala que el nombre quechua del choloque es suyruro, término compuesto que podría traducirse como “fruto oblongo” (parece que cholulo o choruro serían variantes dialectales del quechua hispanizadas).

Es un árbol de la familia de las sapindáceas que crece en la costa, en algunos valles andinos y en la Amazonía norperuana, aunque su lugar originario habría sido la costa del valle del Santa, en Ancash (Brack, 1999). Sus frutos, unas bolitas negras cubiertas de una cáscara gruesa y blanda, se utilizan también en la artesanía y sirve muy bien para juegos infantiles. Una de las acuarelas del obispo Martínez Compañón, en el siglo XVIII dibujaba a seis niños “indiecitos jugando a los choloques”, y la estampa IX del libro III representa perfectamente el árbol y el fruto del choloque.

Existe con ese nombre un caserío en Lambayeque, en el distrito de Ferreñafe, así como otro en la provincia de Jaén (Amazonas), y Choloque es también el nombre de una huaca en el valle del Santa (Ancash) y una población de la sierra de la Libertad, en Pallasca, en un punto en que el distrito de Bolognesi se abre ya a la costa. También se llama así un sector del curso medio del río Casma en Huarmey. En el valle de Ñepeña y en La Libertad existen sendos lugares llamados Cholocar, que sería derivado castellano para nombrar “bosque de Choloques”.

Pero en Piura, como señala Juan Justo Vásquez (Suplemento Semana de El Tiempo, 3-VI-07, p. 18), el nombre dialectal del choloque es checo, aplicado al árbol y también (quizá por extensión o por confusión) a una enredadera de origen africano que posee frutos similares al jaboncillo.

Como sea, era conocido popularmente porque el fruto se empleaba “en los juegos de niños como bolinchas llamadas “ojos de checo” (Puig, 1995, p. 64). Edmundo Arámbulo Palacios (1995) señalaba que el juego de los checos en Piura era muy popular: “es costumbre de los niños juntar gran cantidad de checos para jugar y cambiar por bolas de cristal” (p. 71). En el repertorio mochica, recogido por Brüning, aparece checo como término no mochica en referencia a mate como traducción a tšo kápuk, ‘este calabazo’ que el alemán vincula a su vez al verbo kap, ‘cargar’.

El origen del nombre de Chulucanas, en definitiva, es incierto y no es posible establecer una etimología segura por el momento.

Este es un artículo de opinión. Las ideas y opiniones expresadas aquí son de responsabilidad del autor.

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