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Nos damos cuenta que a la fecha no contamos con partidos sino con grupos parlamentarios poco cohesionados para un mandato estable de cinco años, donde no cabe la reelección inmediata, la mayoría compuesta por representantes sin experiencia política, donde el partido más antiguo se ha reducido a una franquicia que no se sabe hacia dónde apunta.

Por Carlos Hakansson. 17 enero, 2022. Publicado en Suplemento Semana, El Tiempo.

En el Congreso de la República permanece el multipartidismo, la fragmentación de las bancadas parlamentarias sumada a los problemas de liderazgo desde la oposición, la falta de espíritu de cuerpo e individualidades entre los legisladores. Su común denominador es la crisis de representatividad política, el virus letal para cualquier asamblea nacional.

El problema de fondo es pensar que la conformación del pleno es el resultado de un proceso electoral con voto preferencial, cuando más bien es la consecuencia de consolidar en el hemiciclo a los partidos que gozan de arraigo e identificación con los intereses y problemas de las provincias de cada región.

Las regiones eligen a sus legisladores con la finalidad de llevar su voz y estar pendiente de cualquier decisión oportuna o contraproducente a sus territorios. Cuando los congresistas fiscalizan al ejecutivo para que promueva el empleo, mejores servicios de salud, educación y las medidas adecuadas captar la inversión privada, entre otras políticas, se establece una conexión con los ciudadanos del territorio que representan. En otras palabras, cuando los ciudadanos se identifican con las declaraciones, posición y actuar de sus congresistas en el parlamento y los medios de comunicación, la representación política goza de buena salud.

La reforma política elaborada por la Comisión de Alto nivel dedicó un título a “los partidos políticos precarios y poco representativos”, realizando propuestas para su inscripción y democracia interna. El requisito para contar con una lista de adherentes cambió por la exigencia de inscribirse libremente, pero contar con un padrón de quince mil afiliados más la obligación de participar en todos los procesos de elecciones generales, así como la exigencia de presentar no menos del ochenta por ciento de candidatos para todo proceso electoral.

El resultado fue un proceso con más de veinte candidatos a la presidencia y listas congresales que dispersaron el voto ciudadano en la primera vuelta. Cabe añadir que también se recomendó la realización de elecciones primarias abiertas, simultáneas y obligatorias en cada partido para la inscripción de sus candidatos. Una norma también aprobada, pero suspendida su ejecución a causa de la pandemia del Covid-19.

A pesar de las reformas, el Congreso actual no tardó en mostrar que conservaba sus mismas deficiencias. Se produjeron renuncias, traslado a otras bancadas y, a comienzos del nuevo año, se conforma un nuevo grupo parlamentario: Perú Democrático, compuesto por exmiembros de los partidos de Perú Libre, Somos Perú y Acción Popular que comparten la propuesta de convocar una nueva Asamblea Constituyente y otras iniciativas para la reforma estructural del Estado.

De esta manera, Perú Democrático se convierte en la décima bancada junto con Perú Libre, Fuerza Popular, Acción Popular, Alianza para el Progreso, Renovación Popular, Somos Perú, Juntos por el Perú y Podemos Perú; sin contar al Partido Morado que con tres congresistas no puede conformar bancada por impedimento reglamentario.

Siendo así el resumen del panorama, nos damos cuenta que a la fecha no contamos con partidos sino con grupos parlamentarios poco cohesionados para un mandato estable de cinco años, donde no cabe la reelección inmediata, la mayoría compuesta por representantes sin experiencia política, donde el partido más antiguo se ha reducido a una franquicia que no se sabe hacia dónde apunta.

Si bien es justo decir que existen notables excepciones en cada bancada, en especial de congresistas jóvenes, y al margen de la presentación de un proyecto o aprobación de una ley en favor de una región (los típicos proyectos de canon, nueva provincia o universidad nacional), la representación política gira alrededor de agendas particulares e intereses tan difusos como a la orden de cualquier grupo de presión.  En otras palabras, si la imagen congresal hacia afuera se construye a partir de la repercusión de los titulares del periódico, por dentro se trata de un foro que agrupa un conjunto de intereses individuales y corporativos. Por eso resulta difícil cohesionar los partidos afines ideológicamente, pues dentro de cada uno existe un plan personal o proyecto personalísimo.

Como mencionamos, los problemas del Congreso actual no difieren de los anteriores, pero antes contábamos con la reelección de políticos con experiencia para cada corriente ideológica, que formaban a los más jóvenes, así como ellos aprendieron gracias a una generación anterior. La lección que podemos aprender es que las reformas formales a la Constitución y las leyes no son determinantes para la solución del problema. La reforma material pasa por recuperar el sentido de la política como una acción para alcanzar el bien común; precisamente, en tiempos que imperan los aventureros, el individualismo, la oportunidad de copamiento ideológico en la Administración pública, el manejo irracional del gasto fiscal, crecimiento de la burocracia y sin ningún proyecto país a la vista para los próximos cincuenta años. Debemos tener presente que no existe democracia sin parlamento representativo, parece que tomará tiempo y varias elecciones por delante para comprenderlo.

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