Vamos al grano. Sin espacios públicos como plazas, parques o calles no hay vida social real.
Por Alberto Requena. 19 agosto, 2026. Publicado en el diario Correo el 15 de agosto del 2026¿Qué supone tener una vida social? Pues interactuar con otros ciudadanos. En esa relación conversamos, discutimos, colaboramos, planificamos y descubrimos la ciudad.
La vida en la ciudad se teje sobre la capacidad de vivirla y no solo habitarla. ¿Qué ocurre hoy en día? Al parecer los ciudadanos y las autoridades no reconocen el valor social y cultural de estos espacios, una inversión fundamental para construir relaciones de cooperación.
El ritmo de la vida contemporánea amenaza constantemente con relegar estos lugares. Reducir nuestro mapa urbano a zonas de mero tránsito o consumo debilita el tejido social. La vida urbana necesita ritos cotidianos que se cultiven al aire libre: visitar un parque para contemplar la naturaleza, salir de misa a pasear por el malecón del río o caminar por una calle donde hay una feria de libros o comida.
En última instancia, la salud de una sociedad se mide por la vitalidad de sus espacios comunes. Richard Sennett en El declive del hombre público afirma que la vida urbana necesita de escenarios donde el encuentro entre extraños ocurra de forma espontánea.
Las plazas y los parques son escuelas de ciudadanía que nos enseñan a convivir en la diversidad; abandonarlos corre el riesgo de vaciar de contenido la propia vida pública. Cuidar e invertir en estos lugares de encuentro no es un gasto accesorio para las gestiones locales, sino la decisión estratégica que garantiza que sigamos construyendo comunidad y no solo cemento.








