08

Mar

2026

Artículo de opinión

El modo femenino: servir para humanizar

También hoy, en nuestras familias, el modo femenino humaniza la vida cotidiana. La mujer ama la vida y ama darla. Sabe que dar vida implica sacrificio, pero intuye que del dolor puede brotar fecundidad.

Por Mariela García Rojas. 08 marzo, 2026.

Cada 8 de marzo volvemos sobre la cuestión femenina; pero, quizá, ahora ya no baste preguntarnos qué es la mujer, sino, que el desafío más hondo consiste en comprender cómo vive su vocación y para qué está llamada en la familia, en el trabajo y en la vida pública.

El Evangelio nos ofrece un preámbulo inevitable. La palabra ‘mujer’ evoca historias concretas, rostros y condiciones diversas. Marta y María, distintas y complementarias, revelan modos personales de hospitalidad y oración. La mujer cananea encarna la audacia de una madre que no se resigna ante el sufrimiento. La viuda pobre nos habla de una generosidad que no busca aplausos. La hemorroísa conjuga timidez y valentía. Isabel expresa la alegría serena de la maternidad creyente. Y, al pie de la cruz, cuando casi todos han huido, ellas permanecen, como recuerda también la carta apostólica Mulieris Dignitatem.

Todas somos, en algo, esas mujeres.

Como María, ninguna. Su “hágase en mí” no es pasividad, sino aceptación confiada, generosa y valiente de la voluntad de Dios. Sabía que su sí cambiaría sus planes; y, que una espada atravesaría su corazón; sin embargo, confió. Su modo de reinar fue servir; y su servir fue reinar, a imagen de su Hijo, que no vino para ser servido sino para servir.

Treinta años junto a Dios-Hijo, en la vida ordinaria de Nazaret, nos enseñan que cada tarea —la preparación del alimento, la limpieza del hogar, el cuidado atento de los detalles— puede convertirse en oración y entrega. Imaginamos aquel hogar con un “buen olor de Cristo”. Allí, en lo pequeño, se forjó humanidad, porque todo puede ser elevado cuando se ofrece a Dios con amor.

También hoy, en nuestras familias, el modo femenino humaniza la vida cotidiana. La mujer ama la vida y ama darla. Sabe que dar vida implica sacrificio, pero intuye que del dolor puede brotar fecundidad. Todo hombre ha nacido de mujer; un hijo que carece del adecuado cuidado crecerá como con el alma herida. La presencia complementaria del padre y de la madre conduce al hijo hacia la virtud, porque el amor estable y fiel educa el corazón.

Por eso, también el mundo laboral necesita replantear ciertas dinámicas que, en nombre de la eficacia económica, debilitan la vida familiar y afectan la salud física y emocional de las personas. El progreso auténtico no puede construirse a costa de la familia, porque la familia no es un accesorio social, sino el ámbito originario donde Dios confía la vida a los hombres.

En la vida pública, la mujer no está llamada a imitar, sino a aportar lo propio de su mirada. Como ha señalado Blanca Castilla de Cortázar, lo masculino y lo femenino son modalidades complementarias de lo humano. No se trata solo de ayuda mutua, sino de mutuo engendramiento. La capacidad de síntesis junto al análisis, la cooperación junto a la competencia, la atención a la persona junto a la productividad introducen en las estructuras sociales un principio de humanidad que el mundo necesita con urgencia. Lo humano no es tal sin lo masculino y sin lo femenino; no como rivalidad, sino como comunión fecunda.

En este Día Internacional de la Mujer, quizá la invitación sea más interior que externa. María nos invita a tratarla más. A confiar. A dejar que su ejemplo ilumine nuestras decisiones cotidianas. Quizá lo que a cada una nos toca es poner cinco panes y dos peces —nuestro trabajo, nuestra inteligencia, nuestra maternidad, nuestras luchas silenciosas— y ofrecérselos a Dios.

Ella intercederá por nosotras y Él hará cosas grandes con nuestra poquedad y entrega.

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