El 1 de febrero se recuerda el centenario del nacimiento de Leonardo Polo quien dejó discípulos en muchas partes del mundo. La doctora Genara Castillo, de la Universidad de Piura, le dedica la siguiente reseña.
Por Genara Castillo. 04 febrero, 2026. Publicado en la web del Opus Dei el 1 de febrero del 2026Un enamorado de la Universidad de Piura
Leonardo Polo quiso mucho al Perú y a la Universidad de Piura, como se recoge en los testimonios que han dado alrededor de un centenar de peruanos que lo conocieron por la Universidad de Piura y el PAD, donde varios empresarios estaban pendientes de cuándo llegaba al Perú.
Hay muchos más aspectos que podríamos desarrollar como uno de los profesores más longevos de la Universidad de Piura, de la cual es Doctor Honoris Causa, resaltaremos lo enamorado que era tanto de su campus, de sus puestas de sol, como del proyecto educativo que la sustenta, considerándola como una proeza en medio de un desierto.
Era un maestro que impulsaba a crecer y recomendaba siempre a los profesores de la UDEP a esforzarse en el estudio constante y el grado de amistad en la relación profesor-alumno como una cualidad que no se debe perder en la universidad.
Un filósofo que profundizaba en muchos temas
Vino al Perú unos 17 años, aprovechando los veranos europeos, y solía decir en la Universidad de Navarra: “cuando me jubile, me gustaría ir a Piura”. Aquí le vimos hablar con los profesores, en sus cursos y seminarios, lo divertido que era cuando hablaba con los alumnos sobre cómo era el amor verdadero o sobre algunas películas de aquella época, y a él que podía hablar de la teoría de la Relatividad de Einstein, o de la naturaleza del dinero y de las inversiones financieras, con una inteligencia privilegiada, también le vimos rezar con la devoción y la sencillez de un niño.
Su legado filosófico actualmente recogido en unos 40 volúmenes de su Obra completa, en la que trata con igual rigor de las matemáticas, como de la biología, la política y la teología filosófica, se va completando progresivamente también con los volúmenes acerca de su vida y obra, a través de más de medio millar de testimonios de personas de diversas partes del mundo que agradecen el aporte de su vida y de su magisterio.
Para quienes seguimos sus lecturas o libros, siempre recordaremos su sabia distinción entre la vida buena y la buena vida, su entusiasmo ante la rehabilitación filosófica contemporánea de la virtud y por el mundo de la empresa, así como su insatisfacción como una condición del conocimiento para desarrollar una buena filosofía.
Un maestro en todo el sentido de la palabra
Don Leonardo nos enseñó a ir a fondo en los distintos temas y problemas científicos, pero con esa misma profundidad nos ayudó a descubrir el sentido de la vida, del trabajo, de la amistad, del dolor, del sufrimiento y de la muerte; es decir, a cultivar la filosofía cotidiana en los temas contemporáneos, sin caer en disquisiciones bizantinas.
Y así como teóricamente, engarzaba los distintos niveles y dimensiones de la vida humana en nuestro ser personal creado (sus “dualidades” en la esencia y en lo más radical del ser humano, sostenido por Dios), lo maravilloso es que eso mismo lo vimos no sólo en el plano teórico, sino en la vida práctica, en cómo vivía, reía, perdonaba y cambiaba de signo a lo defectuoso propio y ajeno, aprovechándose de todo para crecer e intensificar aún más su relación con Dios.
Don Leonardo como amigo
En el terreno más personal, algo que puede sorprender a más de uno, a quienes tenían la suerte de trabajar junto a él, es la agudeza con la que conocía a cada quién, siempre daba en el clavo y hasta les ponía sobrenombres o apelativos, como una muestra cariñosa de hasta dónde nos conocía; ya que, aunque no era alguien de muchas palabras, sabía ayudar y en cualquier caso orientar y corregir.
Su actitud siempre positiva, daba aliento tanto a la vida intelectual, como a la vida ética o moral, como a la vida laboral, familiar y espiritual. Y aunque al mal y al error los llamaba por su nombre, con las personas era siempre comprensivo y alentaba cualquier cosa buena por pequeña que fuera, todo era aprovechable para crecer en todas las dimensiones, tanto en lo natural como en la sobrenatural.
El 1 de febrero en que recordamos el centenario de su nacimiento, agradecemos a Dios por habernos regalado a este gran maestro, filósofo y amigo.








