Cuando los sonidos se suprimen
Por Eliana Gonzales, publicado el 7 de octubre de 2026Ya en otro artículo, titulado Tropezones lingüísticos, expliqué algunos casos de adición de sonidos al inicio de palabra (amoto en lugar de moto), al final (dijistes en lugar de dijiste) y en el interior (beneficiencia en lugar de beneficencia), tan comunes en la oralidad. Esta vez me ocuparé de aquellos casos en los que los sonidos más bien se suprimen: amá (en lugar de mamá), salao (en lugar de salado) y soledá (en lugar de soledad).
Este fenómeno, bastante frecuente, se conoce como metaplasmo (del latín metaplasmus, y este del griego μεταπλασμός o metaplasmós), que significa ‘remodelación’. Aunque en la tradición literaria es una figura retórica de dicción, en la lingüística general es un fenómeno fonético que afecta a la forma propia de la palabra y que, dependiendo del lugar de la elisión, recibe una denominación particular. Así, si se omiten los sonidos al principio, el fenómeno se llama aféresis, como ñora (en lugar de señora), mano (en lugar de hermano). En cambio, si se omiten en el interior, se llama síncopa (también síncope, con la idea de ‘cortar o reducir’), como en debrías (en lugar de deberías), pescao (en lugar de pescado) o gaína (en lugar de gallina). Pero si la elisión se da al final de la palabra, se llama apócope, como en bici (en lugar de bicicleta) y en uni (en lugar de universidad).
Ahora bien, y a propósito de la transcripción de estas elisiones, algunos tienden a colocar apóstrofo para indicar la omisión (‘ñora, ‘mano, deb’rías, pesca’o, ga’ína, bici’ y uni’ en los ejemplos anteriores), pero la normativa nos dice que eso no es correcto en la escritura estándar. No obstante, la propia norma ortográfica valida el uso del apóstrofo en textos literarios cuando los autores buscan reproducir pronunciaciones características del habla popular o vulgar de sus personajes, especialmente al reflejar la unión de dos palabras en la cadena hablada: “El ladrón ‘taba calladito ay, esperando qu’ella se durmiera pa’ augala silencito sin que lo sintieran los perros y pescar las llaves d’un cajón con plata. Y velay que la vieja, al agacharse pa’ pescar la bacenica, le vio las patas ond’el ladrón” (Ciro Alegría, Los perros hambrientos).
Por otro lado, si bien muchas de estas formas se perciben como propias de un uso coloquial y descuidado, conviene precisar que esto no es del todo así, pues algunas han pasado al registro formal: chelo (de violonchelo), bus (de autobús), Navidad (de Natividad), tabla (de tabŭla), foto (de fotografía) y cine (de cinematógrafo). Se incluyen también los hipocorísticos o nombres afectivos y familiares: Lupe (de Guadalupe), Nando (de Fernando), Rul (de Raúl), Rigo (de Rodrigo o de Rigoberto), Eli (de Elizabeth, Elisa o Eliana), Fran (de Franco o de Francisco).
Los tres metaplasmos de supresión —síncopa, aféresis y apócope— han sido motores indispensables a la hora de moldear nuestro idioma al acortar palabras latinas: contar (de computāre), rezar (de recitāre), mostrar (de monstrāre), fácil (de facĭlis), pan (de panis), etc. Y si bien operan eliminando fonemas, varían significativamente en sus causas. Mientras algunos ocurren por descuido o evolución histórica, otros están firmemente integrados en las reglas gramaticales del español correcto (gran, buen, cualquier, san), e incluso hay casos en los que ambas formas alternan indistintamente: septiembre y setiembre, psicología y sicología, substancia y sustancia.
Finalmente, no podemos dejar de mencionar la haplología, fenómeno que consiste en eliminar una sílaba completa cuando es idéntica o muy parecida a otra contigua dentro de la misma palabra; por ejemplo, paralepípedo (por paralelepípedo) e impudicia (por impudicicia con el sentido de ‘falta de recato y pudor’). Mientras que la primera forma no está aceptada por la normativa, la segunda sí es válida en sus dos variantes.