O sea… tú me entiendes ¿no?

Por , publicado el 24 de mayo de 2012

Qué fácil nos resulta escuchar en estos tiempos, particularmente en los jóvenes, expresiones como: “Bueno… me entiendes, ¿verdad?… sí… ¿no cierto?”. Y es que en la actualidad notamos que cada vez con mayor frecuencia los hablantes recurren constantemente a las llamadas muletillas o “latiguillos” (término dado por José Martínez de Sousa, 2001; 120).

Se trata de expresiones como “bueno”, “estee”, “ehh”, “o sea”, “sea”, “quiero decir”, “¿entiendes?”, “vale” (muy usado en España), “¿no?”, “¿no cierto?” o el error o la deformación ortográfica “¿nocierto?” (que quiere decir “¿no es cierto que?”), “¿verdad?”, “quiero decir”, “para nada”, “como muy”, etc., que se repiten constantemente en la conversación y en ciertos medios de comunicación social tanto en el habla como en la escritura y, en algunos casos, dificultan la comunicación. Están rigurosamente prohibidas en la redacción del trabajo científico o técnico.

Los estudios del discurso y la conversación son quienes han prestado atención a este tema y los consideran no solo recursos “de relleno” cuando el hablante los utiliza para ordenar su mensaje o como simple manía, sino elementos que resultan importantes en la construcción del significado y, además, al insertarse en la cadena hablada, la conversación se transforma tanto en una unidad de análisis social como lingüística.

Bien utilizadas, estas palabras se conocen como marcadores textuales o discursivos de la lengua. Se trata de recursos que facilitan la cohesión textual y tienen como función marcar relaciones que exceden los límites de la sintaxis oracional, es decir, son partículas que expresan conexiones mentales que van más allá de la oración.

Pero, ocupémonos exclusivamente del marcador “o sea”. Esta palabra es propia del coloquio o del español informal y reemplaza al marcador “esto es”, más vinculado al registro escrito y formal del idioma.

Lingüísticamente hablando pertenece al tipo explicativo que introduce una aclaración de todo un texto o de una parte de lo dicho anteriormente: “Esteban visitó este verano Punta Sal y Zorritos; o sea, visitó Tumbes”. Esta aclaración puede tener carácter de precisión: “Todos los asistentes almorzaron en la oficina, o sea, treinta personas”; rectificación: “Regresó ayer, o sea, hoy”; eufemismo: “Mario es guardián de la fábrica, o sea, administrador” o conclusión: “Varios regresaron temprano de la fiesta; o sea, que estuvo aburrida”.

La forma “o sea” hereda, en parte, el valor de las conjunciones latinas sive y vel, con el significado de ‘o lo que es lo mismo’ y ‘o si se quiere’. Ya desde el siglo XVIII encontramos usos de esta expresión con sentido de explicación o reformulación. Por ejemplo, en “La Poética”, obra de Ignacio de Luzán, escritor y crítico español nacido en 1702, se leía: “…es también regla general indubitable, y a mi parecer muy necesaria, que el medio término, o sea, el objeto del cual se toma la comparación, sea más claro y más conocido que el objeto comparado”.

Pero es cierto que “o sea” puede funcionar como un tic en algunos hablantes inmaduros y como un estereotipo en otros, cuando se les utiliza como recursos de relleno: “O sea, lo que quiero decir… es… o sea… tú me entiendes ¿no?”, sin embargo, y como hemos visto,  rige en la lengua desde hace mucho y no es que su uso sea inadecuado, sino que, en circunstancias explicativas, aclaratorias, rectificativas, conclusivas, repetitivas, etc., y aquellas circunstancias que impliquen evidencia, su uso puede ser necesario.

Por lo tanto, amigo lector, “o sea” como marcador reformulador, debe manifestar el control del hablante permitiéndole volver sobre la expresión anterior para presentarla de otra forma dando pase a mayor claridad en la expresión.

Fabiola Bereche Álvarez

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