Caramanduca (1) 

Por , publicado el 24 de agosto de 2026

A fines del siglo XVIII, los vendedores ambulantes se apoderaban de las calles limeñas a toda hora del día. Desde el amanecer hasta el anochecer, los pregones con que se anunciaba la venta de productos frescos y elaborados marcaban el paso de las horas en la ciudad. De estos, interesan para esta ocasión las caramanducas, uno de los productos que se pregonaban a media tarde, tal como lo relata Ricardo Palma en su tradición «Con días y ollas venceremos»: «A las cinco chillaban el jazminero, el de las caramanducas y el vendedor de flores de trapo» (Tradiciones peruanas, segunda serie, 1893). El vendedor de las caramanducas anunciaba su paso con el siguiente pregón:  

Caramanduca caliente. 

Música para los dientes. 

A dos centavos, ¡caliente! 

 Este pregón lo recoge Benvenutto Murrieta en su libro Quince plazuelas, una alameda y un callejón (1932), en el que, a través de estos espacios y basándose en la tradición oral, ofrece una descripción de la vida urbana en la Lima de 1884 a 1887. El libro contiene, además, un apartado dedicado al lenguaje popular peruano, que presenta un listado de peruanismos, separado en dos grupos según hayan sido ya recopilados o no por Juan de Arona en sus Peruanismos (1884) o por Ricardo Palma en sus Neologismos y americanismos (1896) o sus Papeletas lexicográficas (1903). Caramanduca se incluye en el segundo grupo, como peruanismo no documentado por dichos autores, y definido por Benvenutto Murrieta como ‘bizcocho pequeño de pasta fina idéntica a aquella con que fabricaban los rosquetes, muy tostado. Lo confeccionan en diversos moldes: flores, hoja, etc.’ (p. 271). Indica, además, que «su masticación producía un ruido notable», detalle que incluyen los pregones (música para los dientes).  

 En distintos diccionarios de peruanismos de los siglos XX y XXI se destacan también dos de sus rasgos relevantes: que es pequeña y crocante. Vargas Ugarte (Glosario de peruanismos, 1953) ofrece alguna información adicional: ‘Especie de galleta pequeña en cubos y bien tostada que es costumbre vender en invierno; los vendedores ambulantes la pregonan diciendo: 

Revolución caliente, 

Música para los dientes 

Azúcar, huevo y canela 

Para refrescar las muelas 

 Tal como señala este pregón, la revolución caliente referida era, según el sociólogo Luis Rocca, un «pequeño panecillo tostado y crocante» que «se preparaba con harina, huevo, anís y ajonjolí», y que el pregonero vendía a viva voz recorriendo las calles de Lima con una canasta y un lamparín en la mano» y al que se le conocía también como karamanduka, (Malambo. Historia y artes del primer barrio afroperuano de Lima, 2024). El pregón de la revolución caliente, que se conserva aún como tradición viva en algunas calles limeñas, fue recopilado por la compositora y musicóloga peruana Rosa Mercedes Ayarza, quien lo incluyó, junto con otros, en la obra musical Los pregones de Lima (1939), y aún hoy suele incluirse en los repertorios de música criolla. 

Si bien las fuentes los presentan como equivalentes, no parecen serlo del todo, aunque sí estarían estrechamente conectados. La coincidencia entre el pregón de Benvenutto Murrieta y el de Vargas Ugarte llevarían a pensar que se trata del mismo producto; sin embargo, existen diferencias. En la revolución caliente, conservada aún hoy como producto comercial en lugares escogidos, importa mantener la temperatura del producto, ya que su venta era nocturna, de ahí la necesidad de la lámpara que acompaña al pregonero; las caramanducas, en cambio, siguiendo lo que dice Ricardo Palma, se vendían por la tarde. Coinciden ambos, eso sí, en el tamaño pequeño y en que se trata de productos crocantes, lo que explica que se pudieran vender usando el mismo pregón y que en el habla popular se terminaran equiparando ambos productos, aunque la técnica e ingredientes difieran ligeramente. 

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