Confabulario, de Juan José Arreola

Por , publicado el 24 de octubre de 2022

Un solitario comparte los amplios espacios de su casa con la acechante y sola presencia de una araña venenosa. Una disputa cotidiana entre dos aldeanos otorga fama inesperada a su más humilde testigo. En mitad de la selva, un viajero espera tenazmente ese tren que jamás parece haber tenido horario ni itinerario fijo. Individuos insignificantes reciben súbitas epifanías de divinidad, en su conciencia o incluso por escrito. Folletos publicitarios nos ilustran sobre la manera de trasladar un camello a través del evangélico ojo de la aguja, lograr la compañera ideal o generar energía gracias al incesante movimiento de los niños.

Tramas variopintas e insólitas como las enumeradas, entre otras muchas, son las que ofrece Confabulario, la obra más célebre y largamente trabajada del escritor mexicano Juan José Arreola (1918-2001). Una clave frecuente en ellas es la revelación de situaciones cotidianas como inesperadamente graves o irresolubles, caso que encontramos en relatos como “Parturient montes“; o en “Una reputación”, que nos revela hasta qué extremos de heroísmo puede conducirnos la simple buena educación; o como “Carta a un zapatero que compuso mal unos zapatos”, sencillo himno al amor por el trabajo bien hecho. Los personajes desvalidos y abnegados que protagonizan algunos de estas narraciones hallan su réplica en aquellos como “Baby H. P.”, “En verdad os digo” o “Anuncio”, que tiñen de un cómico –y, al final, escalofriante– barniz deshumanizador el mundo de la espiritualidad y los afectos, mediante el lenguaje del comercio, la burocracia o la tecnología.

De hecho, las difíciles relaciones, ora entre Dios y sus criaturas, ora entre los hombres y las mujeres, congregan como motivos principales buena parte de los textos del Confabulario. Viejos temas literarios como el adulterio (en “El faro” o “La vida privada”) o el pacto diabólico dan en estas páginas ingeniosas vueltas de tuerca; y la guerra entre los sexos vagabundea entre el dominio del uno (o la una) sobre la otra (o el otro) en títulos como “El rinoceronte”, “La mujer amaestrada” o “In memoriam”, para recaer también en soluciones de complementariedad y fidelidad en otros como “Eva” y “Parábola del trueque”.

Pero en las relaciones con su divino creador o sus amores, los personajes pergeñados por Arreola no hacen en definitiva más que tratar de sacudirse la fatal marca de la soledad. El genio (“Monólogo del insumiso”, “Los alimentos terrestres”, “El discípulo”) no halla la salvación en su arte, o este no le facilita acomodo en la existencia. Tampoco se los proporciona la bondad, por más superioridad moral que suponga ante su entorno en cuentos como “Hizo el bien mientras vivió”. Incluso la semblanza histórica de un magnicida del siglo XVI puede despertar nuestra compasión ante la lastimosa imagen de un victimario que acaba por convertirse en víctima de la Historia.

Por medio del Confabulario, el nombre de Juan José Arreola pertenece airosamente al admirado círculo de urdidores de fantasía hispanoamericana que integran también Borges, Cortázar o Monterroso. Esto, por no salirnos del ámbito de nuestra lengua y llegar al común referente de Franz Kafka, padre de ficciones oscilantes entre lo soñado y lo cotidiano, la hipérbole humorística y la caricatura inquietante.

 

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