Niebla, de Miguel de Unamuno: ser o no ser
Por Manuel Prendes Guardiola, publicado el 11 de mayo de 2026La literatura española de comienzos del siglo XX presenció la contestación a su prestigiosa y asentada novela realista por obra de nuevos autores menos atentos a la descripción del mundo exterior que a los vaivenes de la conciencia personal, o a la fragmentación del relato en escenas, que a la trama única y bien organizada. Nuevos nombres llevaron aires nuevos: Azorín, Baroja, Valle-Inclán… o de quien nos ocuparemos hoy, el pensador, poeta y novelista don Miguel de Unamuno (1864-1936).
Tal vez sea Niebla (1914) la más recordada de sus novelas. En parte, porque en ella desarrolla, al tiempo que la aplica, una teoría sobre ese nuevo arte de narrar que bautiza burlescamente en el capítulo XVII como “nivola”: argumento tenue y personajes que fundamentalmente dialogan o monologan (para el siempre inconforme y atormentado filósofo, realmente no había gran diferencia), y a los que se deja aparentemente “ser” a su propio aire. La narración va de ese modo engarzando vivencias y reflexiones que bien podrían haber constituido cada una el tema principal de un texto diferente.
Además, es en su “nivola” donde Unamuno lleva más lejos el conflicto de un personaje ante el sentido de su existencia, que alcanzaría también rasgos hondamente dramáticos en títulos como Abel Sánchez o La tía Tula. En la primera de estas obras, la vida del héroe transcurre condicionada por la envidia que siente hacia alguien muy próximo, casi hermano; la de la heroína de la segunda, por la entrega a su familia adoptiva. En un principio, el protagonista de Niebla no parece abocado a tales honduras trágicas: Augusto Pérez (atención al irónico contraste entre nombre y apellido) responde en buena medida a la caracterización del “hombre sin atributos” que tanto se extendió en la narrativa europea de su tiempo. Carece de voluntad y de objetivos; el mero hecho de abrir un paraguas (cap. I), de dar un uso a un objeto bello en su inmovilidad, le produce desazón. Es un contemplativo que fracasa al convertirse en activo, aparentemente manejado por el azar y las circunstancias, por quien quiere y también por quien lo quiere.
Porque, de hecho, es el amor aquello que irrumpe en su vida, un amor que obviamente vivirá más como pasión que como acción. Hasta qué punto enamorarse puede volver del revés una existencia, lo va comprobando en carne propia, y también en la serie de turbulentas historias que le refieren otros personajes. Sin embargo, llegado el momento de su mayor desengaño, deberá encarar en el decisivo capítulo XXXI la realidad que altera incluso los planos de existencia y fantasía establecidos por el propio relato desde un principio: la posibilidad de no existir, de no ser más que el producto de la imaginación de otro, lo cual Augusto (fiel trasunto, al fin y al cabo, de su autor) no puede aceptar sin angustia ni protesta.