Antes de terminar el año, de Santa Teresa

Por , publicado el 22 de diciembre de 2015

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Que el 28 de marzo de este año se cumplieran los quinientos años de su nacimiento resulta motivo más que suficiente para recordarla, teniendo en cuenta la grandeza de su obra, no solo por los temas tratados –el amoroso encuentro místico con Dios–, sino también por la riqueza expresiva con que lo hizo.

Hija de la Edad Media, Teresa de Ahumada y Cepeda para sus coetáneos, Santa Teresa de Jesús para todos nosotros, no solo dejó tras su muerte una ingente obra humana con la renovación de las normas conventuales y la fundación de las carmelitas descalzas, sino que, además, nos regaló una ingente cantidad de escritos con los que se propuso comunicar lo inefable, aquellas experiencias místicas que no pueden expresarse con palabras porque van más allá del entendimiento humano. Por ello, como San Juan de la Cruz, hizo uso de la literatura, porque solo a través de la creación literaria podría amplificarse el sentido de las palabras para que expresaran y contuvieran la intimidad de su alma en Dios.

La importancia de su obra se puede comprender desde diferentes perspectivas: en primer lugar porque supone la culminación de una literatura, la mística, de tardía aparición en las letras castellanas ‒la mística española es la última de las grandes místicas europeas y que tuvieron lugar en la Edad Media europea‒. En segundo lugar, porque encarna la versión femenina del perfecto caballero renacentista. Aquel hombre de armas y letras encuentra en la santa de Ávila un correlato femenino de mujer que supo conjugar el reconocimiento que implica la vida mística con la acción de fundadora (diecisiete conventos de Carmelitas Descalzas en vida). En tercer lugar, porque gracias a su estilo, sirve de transición entre el medievalismo castellano y el siglo de oro, haciendo posible que la naturalidad de su forma de escribir se acercara lo más posible al testimonio oral. El mandato “escribo como hablo” formulado por el humanista Juan de Valdés, encontró en ella un exponente en la literatura mística, con el mérito añadido de hacerlo en el lenguaje cotidiano.

Vivo sin vivir en mí / y tan alta vida espero / que muero porque no muero: estos versos se apoyan en la aparente contradicción para trasmitir su fe en la vida más allá de la muerte. Se trata de una fe que no busca descanso en la vida postrera, sino que encuentra alivio y esperanza en el ahora: Nada te turbe; / nada te espante; / todo se pasa; / Dios no se muda, / la paciencia / todo lo alcanza. / Quien a Dios tiene, / nada le falta. / Solo Dios basta.

Esta certeza no solo se expone en sus poemas, sino en su ingente prosa autobiográfica. Las fundaciones, Las relaciones, Las moradas, El camino de perfección… y otras muchas obras resultan ser, en conjunto, una larga relación sobre los efectos que la presencia de Dios va dejando en su vida, expresados con una gran variedad de niveles estilísticos y una riqueza conceptual entre los que destaca siempre el recurso a una modestia que no es falsa ni vana, sino que señala la posición de debilidad desde la que escribe. Como dice en muchas ocasiones, es Dios quien pone las palabras en su pluma. Si la fe mueve montañas, en la situación en la que se encuentra, teniendo que dar testimonio de sus místicos encuentros con Dios, las montañas que mueve son las de la imposibilidad de comunicar con palabras aquello que el ser humano, por sí solo, no podría abarcar con la sola mirada ni comprender con su entendimiento.

Crisanto Pérez Esain
Universidad de Piura

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