Una lanza por el Falso Quijote

Por , publicado el 2 de febrero de 2026

Igual que no debe de haber obra literaria más elogiada en nuestra lengua, sin necesidad de haberla leído, que Don Quijote de la Mancha, probablemente no haya otra más denostada, asimismo sin lectura previa, que su continuación publicada en 1614, antes de que Miguel de Cervantes sacara a la luz su Segunda parte. Suele recordársela como Falso QuijoteQuijote apócrifo o Quijote de Avellaneda (en referencia al seudónimo de su autor, “Alonso Fernández de Avellaneda”, cuya verdadera identidad nunca se ha desvelado), y que el primero de sus detractores fuera Cervantes, desde luego, ha pesado mucho en su fama. Sin embargo, también lo salvó editorialmente para curiosos por esa novela que se atrevió a continuar la obra maestra de Cervantes y hasta a burlarse de su autor. 

Quien ceda a esta curiosidad antes que al rencor cervantino comprobará que no mienten quienes ponen al Apócrifo por debajo de su modelo. Con todo, si hacen lo posible por olvidar este, no es imposible que disfruten de su lectura. Para empezar, una consecuencia de su menor densidad y hondura es que resulta una narración muy fluida, menos dada que el Quijote original a la digresión por medio del diálogo o a la multiplicación de tramas. A esto hay que añadirle el continuo recurso al humor, más inmediato y grotesco que la ironía cervantina, pero que en todo caso no ha perdido efectividad.  

Avellaneda carga la mayor parte de la comicidad sobre las espaldas de Sancho Panza. Un Sancho glotón y vulgar, un “simple” sin la sensatez y humanidad del original, pero cuyas torpezas y absurdos razonamientos revelan el ingenio, si no del personaje, al menos sí del anónimo autor. En cambio, la agudeza y la discreción quedan en esta obra a cargo de una nueva compañera de andanzas, la horrenda y desdichada prostituta Bárbara, idealizada como Zenobia, reina de las Amazonas, por don Quijote  

En cuanto a este, si cuantos lo escuchaban en la Primera parte cervantina admiraban su buen juicio cuando no le entraba la manía caballeresca, en la Segunda avellanedesca de esa manía nunca sale. Sin el menor sentido de la realidad, es incapaz de razonar ni atender a razones. Sus peripecias suelen seguir el patrón más evidente y conocido de la aventura quijotesca: hace corresponder cualquier nueva situación con alguna ya leída en sus libros; y, desoyendo cualquier intento de disuasión, enfrenta violentamente la aventura, confiando en sus fuerzas y buen ánimo que, por último, no lo librarán de un desenlace humillante. 

Por otra parte, las fantasías de don Quijote, al igual que discurriera Cervantes en su Primera parte (y potenciara aún más en la Segunda), se ven también azuzadas por otros personajes. Casi siempre se trata de nobles que, para reírse a su costa, lo someten a burlas con disfraces y compleja escenografía. Estas acaban marcando la mayor parte del itinerario del insensato caballero, de Zaragoza a Alcalá (donde aparecen vivas escenas de la vida universitaria de entonces), de allí a Madrid y, por último, a Toledo, donde el desventurado hidalgo acaba recluido en el manicomio llamado “Casa del Nuncio”. 

Una de las consecuencias del genio de Cervantes es que hasta nuestros días nunca hayan faltado recreaciones y reinterpretaciones del Quijote, a menudo sumamente traicioneras con su espíritu original. En este sentido, bien se puede afirmar que el Apócrifo, que fue la primera de todas, no es ni mucho menos la peor. Por la amenidad de su acción y la gracia de su lenguaje, ya que no por lo acabado de los personajes que siempre será el mayor acierto de la obra de Cervantes, el de Avellaneda no desmerece de otras buenas narraciones del Siglo de Oro español, y vale la pena ˗que no es tal˗ la experiencia adentrarse en sus páginas. 

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