El mejor español se habla en…
Por Shirley Cortez González, publicado el 28 de enero de 2026¿Cómo completaría esta oración? ¿En qué basaría su respuesta? ¿Qué características lingüísticas serían las mejores? Seguramente, su elección sería su propia variedad del español o alguna que le resulte más conocida. Teniendo en cuenta que el español es la lengua oficial de 21 países y la lengua materna de 520 millones de personas (Anuario del Instituto Cervantes, 2025), la respuesta a la afirmación inicial podría tener múltiples resultados. Pero, en realidad, eso no es tan relevante como considerar qué hace a una variedad del español mejor (o peor) que otra.
Para el caso del Perú, hay quienes piensan que el mejor español es el que se habla en la costa, especialmente en la capital. Así lo refleja una encuesta realizada a 400 hablantes limeños a quienes se les preguntó dónde creían que se hablaba mejor el castellano (Arias Torres, A., 2012. Las actitudes lingüísticas en el Perú). Como respuesta, la costa obtuvo el 91.6% de preferencia, mientras que la sierra y la selva, juntas, solo el 8.4%. En la costa, sin embargo, las preferencias se concentran principalmente en 3 departamentos de la costa central: Lima (48%), La Libertad (13.1%) e Ica (10.3%). Si bien los resultados son interesantes, más lo son las razones que apoyan estas preferencias: «mejor pronunciación», «ausencia de dejo», «se habla sin mote, o con muy poco», «es una zona con mayor desarrollo, por tanto, con más educación y oportunidades», «se posee más corrección y expresividad», «es la capital del país, es la variedad estándar y se entiende mejor en todas partes», «no está influenciada por las lenguas indígenas» (pág. 1206).
De estas características, la pronunciación resulta un factor altamente sensible por ser este un rasgo que permite al hablante no solo ubicar geográficamente al interlocutor, sino también notar si se habla «con mote» (fenómeno conocido como motoseo), esto es, con interferencia de las lenguas indígenas andinas en el español (cambios en las vocales e/i, o/u, diferencias en el orden de la oración, etc.). Aunque, después del castellano, el quechua y el aimara son las lenguas más habladas en Perú, estas reciben una valoración negativa por parte de los hispanohablantes, rezago de un pasado colonial y republicano, así como de políticas educativas del siglo XX que relegaron las lenguas andinas y amazónicas, y que hasta la actualidad cargan el peso de ser consideradas, erróneamente, lenguas inferiores al castellano. Esta relación desigual explica, en parte, la preferencia por el habla costeña, zona prácticamente monolingüe de castellano, a diferencia de la sierra y la selva, donde el castellano convive aún con las lenguas originarias, especialmente en zonas rurales.
Ahora bien, ¿es cierto que el habla costeña, y la de Lima en particular, sea la mejor del Perú? La respuesta es un rotundo no. La Lingüística, como ciencia encargada del estudio del lenguaje, afirma que no existe ningún rasgo o característica de una lengua que sea mejor que otro; lo que existe son realizaciones diferentes dentro de una misma lengua, todas igual de válidas. El pronunciar la –s aspirada (casi como jota) en final de sílaba (pisco =/píhko/, mosca = /móhka/) no es mejor que pronunciarla sin aspiración (/móska/); el pronunciar la rr entre vocales asibilada (carro = /kárrsho/) no es peor que hacerlo sin asibilación (/kárro/). Esto es, científicamente afirmar que una forma de hablar es mejor que otra no tiene sustento. Todas las lenguas cumplen las mismas funciones sociales, expresivas, comunicativas, y todas presentan variedades, entre ellas, las dialectales, más aún si estas se hablan en amplias extensiones territoriales, donde cada variedad se configura de acuerdo con las circunstancias sociales, políticas, históricas, culturales de sus hablantes.
Con todo, los hablantes se decantan por ciertas formas de hablar, que los llevan a aceptar o a rechazar una lengua (el español sobre las lenguas originarias), una variedad dialectal (el habla de la costa frente a la sierra) o a sus hablantes. Esto es, los hablantes muestran actitudes lingüísticas, las cuales pueden influir en el avance o retroceso de un fenómeno lingüístico determinado, así como en el éxito o fracaso de políticas lingüísticas, especialmente en contextos plurilingües, como el peruano, o en zonas de confluencia migratoria. Las actitudes lingüísticas se basan, pues, en razones extralingüísticas como el prestigio social, que lleva a imitar ciertos usos, incluso sin ser estos los propios de la variedad del hablante (la pronunciación de un sonido, la elección de palabras) o a posicionar la variedad estándar de una lengua como la única «correcta» y admisible; también se apoyan en prejuicios lingüísticos, es decir, ideas preconcebidas sobre las lenguas, que llevan a establecer falsas categorías como lenguas fáciles/difíciles de aprender, lenguas suaves/ásperas, lenguas armoniosas/disonantes, lenguas útiles/inútiles…; o en factores económicos y políticos que orientan las preferencias hacia ciertas lenguas y variedades.
Finalmente, cabe insistir en que afirmar que una lengua o una variedad dialectal determinada es mejor o peor que otra no es más que una muestra de nuestra actitud hacia esa lengua, de cómo la valoramos y de qué ideas sobre las lenguas predominan en nuestro juicio.