Neruda: del tú hacia el todo 

Por , publicado el 27 de noviembre de 2023

Toca esta vez cincuentenario: el de la muerte, en infames circunstancias, de Pablo Neruda (1904-1973). Podemos empezar a recordarlo con un poemario que, no contento con ser un clásico, es lisa y llanamente famoso: Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Libro juvenil, no solo por todos aquellos lectores que en sus páginas han experimentado el primer descubrimiento de la poesía, sino porque el propio autor lo compuso en los inicios de su carrera, demostrando su temprana madurez. A lo largo de él se alternan las dos dimensiones tradicionales (por no decir eternas) del amor: por un lado, la entrega, la corporalidad extendida hasta la fecundidad, la amada presente (poema 14: “Mis palabras llovieron sobre ti acariciándote. / Amé desde hace tiempo tu cuerpo de nácar soleado”); por otro, la amada ausente e incorpórea, evocada entre crepúsculos, despedidas, nostalgias y silencios (6: “Te recuerdo como eras en el último otoño. / Eras la boina gris y el corazón en calma”).  

El joven Neruda de 1924 acusa la honda huella de un Modernismo que ya ha serenado todo su lujo verbal rubendariano: mantiene un ritmo regular largo y cuidado, con suaves asonancias de canción, pero lenguaje e imágenes de gran sencillez. En cuanto a la mujer de los Veinte poemas, adquiere una presencia universal en los elementos de la naturaleza: el río, los pinos, el viento, las aves, las estrellas y el inevitable océano…  

Precisamente hacia una dimensión universal se proyectan los versos de Neruda que componen sus Odas elementales, publicadas ya en la década de los 50. En esta extensa colección de poemas mínimos y adelgazados se suceden lo abstracto y lo concreto, lo vasto y lo microscópico, lo eterno y lo efímero, siguiendo un orden alfabético que la delata como una particular enciclopedia sentimental del poeta. Se suceden así los poemas dedicados al aire, a la alcachofa, a la alegría, a las Américas, al átomo, al caldillo de congrio, al cobre, a la crítica, a la envidia, al mirar pájaros, al tercer día, al traje, a César Vallejo… La cifra de estos contenidos tan disímiles reside, en buena medida, en el optimismo y el buen humor; y aunque permanece en el poeta el previo vigor militante de su enorme Canto general, ahora lo vuelca en una celebración inmanente de la existencia (“Esta vez dejadme/ ser feliz,/ nada ha pasado a nadie,/ no estoy en parte alguna,/ sucede solamente/ que soy feliz /por los cuatro costados/ del corazón, andando,/ durmiendo o escribiendo…”). También permanece la fascinación por la naturaleza, que ahora conlleva, sin embargo, la fascinación por lo tecnología, es decir, por el poder transformador del ser humano que aspira a convertir el mundo en un compartido espacio de felicidad (“… no serás / enemiga, / flor y fruto completo / será tu dominada/ cabellera, / tu fuego / será paz, estructura, / fecundidad, paloma, / extensión de racimos, / praderas de pan fresco”, proclama la “Oda a la energía”). 

La producción poética nerudiana podría alimentar ella sola una literatura entera, y con varias obras maestras incluidas. De entre ellas, los Veinte poemas y las Odas representan como pocas el alfa y omega de la larga trayectoria poética del escritor chileno: desde la pasión individual a la pasión por el mundo; de amor a la mujer al amor por la humanidad y, en su más alto grado, a la creación con la que esta comparte y goza su existencia. 

 

Un comentario

  • Víctor H. Palacios Cruz dice:

    Y cómo negar en toda esa progresión de la aceptación, el mimo y la gratitud, desde la corporalidad más inmediata hasta la inmensidad más impalpable, la huella de esa poesía precisamente oceánica, procelosa, y celebratoria de todo lo existente de Walt Whitman. Gracias por la poesía, por contarla poéticamente también.

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