Cuando el río deja de ser solo una palabra
Por Karent Urízar González, publicado el 2 de septiembre de 2026Para quienes vivimos cerca de un río, palabras como cauce, caudal, riada, desbordamiento o inundación no pertenecen únicamente al diccionario. Tienen un significado mucho más concreto: pueden representar el agua entrando en una casa, una calle cubierta de lodo o el temor de una familia que observa cómo el nivel del río aumenta. Hubo un tiempo en el que, en Piura (Perú), acercarse a mirar el río era una novedad para la población, y hasta se le recibía con banda de música del Ejército para celebrarlo… Pero cuando el río se ha salido de su cauce y ha llegado hasta la ciudad, el lenguaje deja de ser una descripción de la naturaleza y se convierte en parte de la experiencia de quienes habitan sus riberas.
Esto lo defendió ya en 1943, el lingüista danés Hjemslev y luego, en 1971, el filósofo y semiólogo francés Barthes postulando que el signo lingüístico (palabra) además de significado y significante (como propuso Saussure), tiene dos niveles o grados de significación: la denotación o contenido como lo conoce y acepta el grupo social y la connotación o evocación de significados no presentes en el contenido original, pero que se agregan o sugieren gracias a factores extradenotados, es decir, asumidos por la perspectiva y la experiencia del hablante. Como menciona Cristina Diaz en su artículo Análisis de la significación denotativa y connotativa en Semiótica (2025), encontrar estos dos significados “puede permitirnos descubrir cosas diferentes e igualmente valiosas para la interpretación”.
Entonces, denotativamente, la palabra cauce procede del latín calix, -ĭcis, ‘conducto de agua’ (DLE, v. 23.8.1) y designa el lecho por donde normalmente discurre un río. De ella deriva encauzar, es decir, conducir algo por un determinado camino. Pero, connotativamente, para quien tiene su casa junto al río, cauce no es solamente un término geográfico: es la frontera que separa el curso habitual del agua del río, de las calles, las viviendas y los espacios de la ciudad. Cuando se le quita espacio al cauce aparecen los desbordamientos, término cuyo significante resulta especialmente expresivo: el río literalmente supera su borde, el límite que normalmente lo contiene, a menudo por la mala intervención del hombre.
También tenemos en mente la palabra caudal, relacionada históricamente con la idea de cantidad o abundancia (caudaloso, recaudar…). En un río, el caudal es la cantidad de agua que transporta: los piuranos no olvidaremos aquel 27 de marzo de 2017 en que el caudal del Piura alcanzó 3 470 metros cúbicos por segundo (Cutivalú.pe), cuando lo habitual era 30 m3/seg. Tampoco olvidaremos palabras como crecida y riada para referirse al incremento extraordinario de su caudal y su corriente. Ni mucho menos el temido sedimento, que el DLE (v.23.8.1) define como la ‘materia que, habiendo estado suspensa en un líquido, se deposita en el fondo por su mayor peso’. Por eso, ante la llegada inminente del fenómeno de El Niño de este año, tanto nos preocupa no solo ese caudal que sobrepasa el cauce, sino también los sedimentos acumulados desde el año 2017 e incluso desde fenómenos anteriores.
Y, por ahora, les dejo una última palabra especialmente significativa por estos lares: inundación. Inundar procede del latín inundāre, compuesta por el prefijo in- (hacia adentro), y por unda (ola), ‘Cubrir (con agua) un lugar determinado o un territorio’ (DLE, v.23.8.1). Para una familia que ha visto el agua invadir sus mismas calles, inundación puede representar angustia, evacuación, pérdida y reconstrucción. En otros lugares del país y del mundo, estas connotaciones se desplazan a amenazas naturales diferentes como huaico, aluvión, tsunami, etc.
Por eso, emplear estas palabras también significa reconocer una experiencia. El río tiene su cauce, aumenta su caudal, puede producir una crecida, convertirse en una riada, desbordarse y provocar una inundación. Y detrás de cada uno de estos términos hay personas que recuerdan lo sucedido y que saben que el río puede volver a entrar en su ciudad. Las palabras conservan la memoria del peligro y nos recuerdan que comprender el lenguaje también puede ayudarnos a comprender el lugar al que pertenecemos.