Libro de la Pasión en semana de Pascua

Por , publicado el 30 de marzo de 2026

José Miguel Ibáñez Langlois (1936), sacerdote católico chileno, durante buena parte del siglo XX ha gozado de un consolidado prestigio como crítico literario en su país, bajo el seudónimo de Ignacio Valente. Aparte de interpretar la creación poética y reflexionar sobre ella, él mismo la ha practicado asiduamente: tal vez en este terreno su obra más ambiciosa y completa sea el titulado Libro de la Pasión (1986).

Concebido por su autor como un extenso poema unitario, el Libro recrea el conocido episodio central de los Evangelios y del cristianismo, sobre el que pesa ya una larga tradición de evocaciones poéticas (llamaremos la atención tan solo sobre nuestra limeña Cristiada, de Diego de Hojeda). En la suya, Ibáñez Langlois hace confluir un variado caudal de registros verbales y perspectivas. Entre los primeros, puede pasar del tono doloroso y patético que más podría esperarse del tema (“Sus rodillas sus manos cómo tiemblan / cómo vibran sus nervios en el aire exterior / en el mundo exterior camina como un náufrago…”) a otro más sentencioso y reflexivo, incluso ensayístico en ocasiones; pasando por el lenguaje administrativo, científico o coloquial:

Hace aquí un amplio uso de la ironía, sin temor a incurrir en anacronismos que poco importan cuando el valor de la pasión de Cristo, al fin y al cabo, es para la eternidad.

Asimismo, el poeta pocas veces trasluce su propia intimidad, aunque sí transmuta su voz y su mirada en las de diferentes personajes del relato evangélico, principalmente para representar su conmoción (su colisión, no pocas veces) ante el misterio divino de Cristo. Admirable en este sentido, por citar solo un ejemplo, los versos en los que el Iscariote rumia su vida junto al maestro, monólogo interior desde el “Ah nadie diga que no amé a Jesús” hasta el rotundo

Hemos mencionado la eternidad. A lo largo de la obra, de sus versículos que parecen prolongarse aún más gracias a la ausencia de signos de puntuación, una idea resurge a cada poco: el sacrificio del Gólgota es el mismo centro de la historia de la humanidad, puesto que justifica el acto de amor más grande que Dios ha podido entregar a su creación. Así como hay poetas que han tomado la voz de multitudes, Jesucristo, el inocente absoluto, asume en su pasión el sufrimiento de todas las víctimas y también el pecado de todos los verdugos que han existido y existirán, enumerados, acumulados en pasajes impresionantes: “ah él pasó cuántos siglos sin dormir / fue torturado en todos los cuarteles / fue violado vejado estrangulado / en todos los bosques del terror nocturno/ en todas las esquinas de Babilonia / amanecía muerto de hambre muerto de frío…”.

Queda la “coda” del poema, del ritmo pausado e indeciso del Sábado de Gloria a una clausura de tono hímnico (“Cristo ha resucitado hay que vociferarlo desde las cumbres / que se difunda por explosión demográfica del planeta / por boca de los muertos de los que nacen de los que se besan”), pasando por los testimonios de la Resurrección, entre los cuales se incluye una dramática e insólita percepción desde el interior mismo del sepulcro:

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