Persuasión en tiempos electorales: entre el convencimiento y la manipulación

Por , publicado el 26 de marzo de 2026

En contextos electorales, la persuasión adquiere un papel central en la vida pública. Los discursos políticos, los anuncios de campaña y los mensajes en redes sociales buscan influir en las decisiones de los ciudadanos. Sin embargo, no toda persuasión es legítima. En tiempos electorales, comprender los mecanismos de la persuasión, especialmente los factores del emisor y del receptor, es fundamental para evitar la manipulación y ejercer un voto informado y libre. 

En primer lugar, es clave analizar al emisor del mensaje. Un candidato o figura pública puede resultar persuasivo por su credibilidad, su atractivo o su poder, tal como señala Antonio Salcedo en su libro Anatomía de la persuasión (2008). La credibilidad no solo se construye con experiencia o conocimiento, sino también con coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Sin embargo, en campañas electorales esta credibilidad puede ser construida artificialmente mediante asesores de imagen, discursos cuidadosamente elaborados o el respaldo de figuras influyentes. Por ello, el ciudadano debe plantearse ciertas preguntas: ¿este candidato presenta información verificable?, ¿reconoce límites o errores?, ¿sus acciones pasadas respaldan sus palabras? 

El atractivo del emisor (su cercanía, carisma o capacidad de generar identificación) también puede influir enormemente. En muchos casos, los votantes no eligen tanto por propuestas concretas, sino por afinidad emocional. Aquí aparece un riesgo: confundir simpatía con competencia. De igual modo, el poder —ya sea por posición social, autoridad o acceso a recursos— puede generar una persuasión basada más en lo emocional que en los argumentos. Estar alerta frente a estos factores implica no aceptar un mensaje solo por quién lo dice, sino por la solidez de lo que dice. 

En segundo lugar, el receptor —es decir, el ciudadano— no es un sujeto pasivo. Su forma de procesar la información es decisiva. Existen momentos en los que analizamos los mensajes de manera crítica (“ruta central” como la llama Salcedo, 2008), evaluando argumentos y contrastando información. Pero en contextos de saturación informativa, como las campañas electorales, es frecuente recurrir a la “ruta periférica”, formada por elementos como eslóganes simples, imágenes impactantes o la repetición constante de ideas. Esto nos vuelve más vulnerables a la manipulación. 

 Por ello, es importante que el receptor adopte una posición activa: verificar datos, contrastar fuentes y reflexionar, ya que hay estrategias de persuasión racionales, pero también emocionales, como el uso del miedo o la esperanza exagerada (frases como, por ejemplo, Si X pierde, tu voto se convierte en un voto perdido, pero sobre todo en un peligro; es regalarle el Perú a la izquierda caviar delincuencial…). Estas estrategias no son negativas en sí mismas, pero se vuelven problemáticas cuando no están acompañadas de información. En el primer debate presidencial de Perú 2026 se usaron estrategias de persuasión de los dos tipos, como atestiguan algunas de las sentencias que allí se escucharon: “Todas las desgracias que estamos viviendo hoy acá en el Perú son por los partidos que hay hoy en el Congreso”; “Peruanos, los utilizaron y luego los abandonaron”; “Quiero ser el presidente que derrote a los miserables asesinos y extorsionadores, pero también el que acabe con esta clase de política putrefacta”; “Esta es una elección del pueblo contra las mafias”; “En nuestro gobierno regresarás a tu casa y abrazarás a tu familia”; etc. 

También es necesario estar atentos a las “estrategias lingüísticas”, como el uso de metáforas o marcos interpretativos que simplifican la realidad en términos extremos: “Cuando un pueblo sabe, no lo engaña nadie”; “Ama sua, ama quella, ama llulla fueron las normas de los incas que las he cumplido rigurosamente…”; “Hay que limpiar la casa”. Asimismo, las estrategias de credibilidad como la enunciación de evidencias sin fuente clara pueden dar una apariencia de verdad o información cuestionable. 

 En conclusión, en tiempos electorales el discurso de persuasión es inevitable, pero la manipulación no debería serlo. La clave está en un equilibrio: emisores responsables, que respeten la inteligencia del público, y receptores críticos, capaces de analizar más allá de la superficie. Solo así la persuasión cumple su función legítima dentro de la democracia: no imponer decisiones, sino contribuir a que cada ciudadano elija con libertad y fundamento. 

Deja un comentario

×