Palabras que bajaron de las minas
Por Carlos Arrizabalaga, publicado el 8 de abril de 2026La minería ha sido una actividad esencial en el mundo andino desde tiempos prehispánicos y es notable que se haya recopilado este léxico minero con cierto interés y prolijidad, desde el antiguo Diccionario y maneras de hablar que se usan en las minas de García de Llanos (1611), que se conservó manuscrito en el archivo del Duque del Infantado, hasta otros varios posteriores. García de Llanos fue veedor y hombre de confianza del virrey marqués de Montesclaros en el manejo de las minas argentíferas de Potosí, donde anota con detalle aquellas labores «para entender mejor lo que se pide y propone en razón de minas y minerales».
Poco antes de la independencia, los redactores del Mercurio Peruano publicaban una larga lista de vocablos mineros, preparada por don Jacinto Calero y Moreira (1791). Al año siguiente publican el breve índice de José Coquett y Fajardo (1792), primer director del Tribunal de Minería de Lima. Ya en la independencia destaca el extenso vocabulario minero recopilado por Mariano Rivero y Nicolás Fernández de Piérola en 1828. Mariano de Rivero y Ustáriz (1798-1857) fue el primer director nacional de Minería y fundó el primer Museo Nacional. Modernamente tenemos un diccionario minero de Carlos Stubbe y diversos estudios de Pilar Díez de Revenga y otros especialistas.
Algunas de las palabras del ámbito minero se extendieron desde antiguo en todo el español, como ocurre con veta, galería, ganga, botadero o escoria, que sirven para multitud de expresiones coloquiales, además de no menos sonadas descalificaciones. Otros términos que tuvieron en principio acepciones restringidas al ámbito minero se hicieron igualmente extensivas en amplias zonas del español americano. Una de ellas es tina, que viene también, igual que botar, del léxico marinero: «Tinas son como medias pipas -dice García de Llanos- y de lo mismo que ellas y como las que se usan en los navíos para remojar cables partidos que se deshacen para estoperoles. Sirven en los ingenios para lavar el metal en ellas después de beneficiado, y apartar lo que es plata y azogue de la tierra del metal» (p. 7).
Otra puede ser comba, que es palabra de origen quechua «y es martillo grande de los que usaban los indios de piedras redondas como bolas», según la define García de Llanos (p. 24). Más restringido es el término de callapos, o escalones, los que hacían en las minas «de tres ramales de cuero de vaca gruesos y bien torcidos» (p. 21) y es peruanismo que todavía en zonas rurales se usa en el sentido de ‘parihuelas’ o ‘andas’ (Ugarte Chamorro, 1997, p. 62).
También tiene un uso minero tejo, usado generalmente en plural: «son de hierro y sobre que hacen el golpe las almadanetas para moler el metal» (p. 128), vocablo que ahora en la sierra norte sobre todo sigue usándose para el juego de tejos. Los que yo he visto en la sierra de Piura son pequeños discos de bronce que se lanzan y gana quien se acerca más a uno o desplaza de ahí a los otros.
Un término minero que no recoge García de Llanos es berma. Decía Carlos Stubbe (1945): «Es la franja de la cara horizontal de un banco, que en minería de cielo abierto es la unidad que se está explotando». El término tuvo también un significado propio en el ámbito de la arquitectura militar, como ‘franja de tierra’ que se hacía de uno a tres pies de ancho al pie de un talud, para separarlo del foso; pero en la actualidad ha sido aplicado al léxico del transporte, y llamamos así la vereda de separación entre dos carriles o la franja lateral de las carreteras, según señala el Diccionario de Peruanismos de la APL (2016).
Finalmente, habría que considerar si no podría tener también origen minero la locución cuantificadora «un cerro de», que tiene un significado superlativo y apela a la gran cantidad de alguna cosa. Muchas minas, especialmente la del Cerro Rico de Potosí, se ubican en cerros. La locución es de uso coloquial en Perú, México y otros países y se registra como peruanismo con la acepción de «cantidad de objetos o acciones y acumulación de los mismos» (APL, 2016). Martha Hildebrandt señalaba que se trataría de una colocación, ejemplificando el uso con este titular de Caretas: «Un cerro de verdes» (12/5/2005), «que juega con el nombre de la minera Cerro Verde» (El Comercio, 21/01/2021). Pero no se trata de una colocación, sino de una locución o frase elativa, si queremos describirla en términos fraseológicos más precisos.
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