Cuando tranquilo no siempre tranquiliza: las tres dimensiones de un acto de habla

Por , publicado el 4 de marzo de 2026

Cuando nos comunicamos diariamente, nos encontramos con que muchas veces nuestras palabras no siempre reflejan aquello que queremos transmitir ni mucho menos el efecto que queremos provocar en nuestros receptores. Por ejemplo, consideremos una reunión en la que un compañero le dice al otro: Me parece injusto que siempre me toque a mí trabajar los sábados a lo que el otro responde: Tranquilo…No es para tanto. Ciertamente, en este caso, el decir tranquilo lejos de calmar o reducir la tensión de la situación, puede provocar que su interlocutor se sienta más enfadado o confundido, en tanto percibe que su hablante juzga como desproporcionada su actitud y, por lo tanto, se siente subestimado o ignorado. De igual modo, si una persona está nerviosa por un accidente que ha tenido y tiene como respuesta Tranquilano pasa nada. Aunque la intención pueda ser calmar, el efecto que podría producir en su interlocutor es de frustración, ansiedad y enojo, al sentir que está siendo ignorada. 

Así pues, estas situaciones resultan ser más comprensibles desde la noción de que todo acto de habla, siguiendo lo propuesto por Austin (1962), tiene tres dimensiones: lo que se dice, lo que se pretende decir y el efecto que produce.  

La primera dimensión es el acto locutivo, es decir, la producción en sí misma de la expresión: el nivel básico y literal de la emisión. El decir tranquilo significaría una apelación a que deje la preocupación, un llamado a mantener la calma.  

La segunda dimensión, llamada acto ilocutivo, se refiere a la intención del hablante. Así, las palabras no solo describen o informan hechos, sino transmiten propósitos. Al decir tranquilo, no solo podría ser el vehículo para manifestar un consejo o consolar o apaciguar la tensión, sino también dicha expresión podría ser una llamada a un cambio de actitud, que según la situación o tono podría ir desde una reprensión (estás exagerando) a una conmiseración (me duele tu actitud y espero que se te pase).  

El tercer lugar, el acto perlocutivo alude al efecto que produce el mensaje en el receptor, el cual no siempre coincide con la intención del hablante, ya que se ven inmersos otros factores. De allí que al decir tranquilo con el deseo de calmar o suavizar la situación, el oyente podría sentir todo lo contrario, es decir, frustración, molestia; dependiendo de cómo interprete el tono, de cuál sea el contexto, el grado de relación entre los interlocutores o las normas culturales compartidas. Por consiguiente, esta dimensión evidencia que en la comunicación el significado final no depende únicamente de las palabras emitidas, sino también de cómo es recibido e interpretado. 

En definitiva, estimado lector, cada acto de habla es una realidad compleja y dinámica donde interactúan lo que se dice, lo que se quiere decir y el cómo es interpretado. Comprender estas tres dimensiones posibilita explicar fenómenos frecuentes que suceden en la comunicación como la ironía o evitar malentendidos (cuando lo que decimos no produce el efecto que pretendemos).

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