Pensar bien

El problema de cómo ser ético se resuelve aprendiendo a pensar con rigor. El que no es ético es como el que yerra, pero a sabiendas. En este escrito se aborda el tema de las ventajas del comportamiento ético no solo en las personas, sino también en el manejo de los negocios.

Pablo Ferreiro de Babot (*)

Concluimos, en una colaboración anterior, que la ética de las acciones humanas, es decir su bondad o maldad, no proviene de una instancia externa, sino de su propia realidad intrínseca. Por ello es que no se debe mentir, porque no es real, porque va contra la realidad, y por ello es malo, y no al revés.

De igual manera podríamos analizar la acción de robar: ¿Por qué no se debe robar? Podemos también observar que en el ladrón se dan a la vez dos hechos contrarios, incluso contradictorios, que vamos a exponer así:

Este objeto es tuyo (o sea no es mío). Este mismo objeto es mío. Este proceso es irracional. Sin embargo nos encontramos de nuevo con el problema de que un robo concreto es bien real, pero analizando el fenómeno completo (el fundamento lo llaman otros autores), claramente se ve que se vulnera el principio de la realidad, y, por lo tanto, podemos concluir que no se debe robar no porque sea malo sino porque no es real.

Ser ético, comportarse éticamente, aparece entonces como una práctica bien realista, hasta el punto de que cualquiera que no se ajuste a los dictados implacables de la realidad es difícil que pueda manejarse satisfactoriamente, y, con mayor motivo, exitosamente -al menos a largo plazo- en el mundo real.

Imagino que muchos lectores podrán aceptar sin compromiso la lógica de los razonamientos expuestos, a la vez que se interrogan cómo es posible que prosperen tantos pillos. Y es que no se observa el fenómeno completo. Por ejemplo: qué pasa en el interior de los que incurren en conductas dolosas y, por lo tanto, no se procede de manera rigurosa en el proceso discursivo: no se piensa bien; no se sabe pensar.

Se trataría entonces de rescatar la ética del campo puramente normativo al de la racionalidad completa propia del ser humano real.

Una vez clara la cabeza, las ideas, podemos acometer el estudio de cómo obrar bien, es decir de las condiciones del buen obrar:

¿Cómo puedo ser capaz de actuar conforme a la buena razón? Otra vez la realidad puede ayudarnos: con alguna frecuencia somos testigos, como ya señalaba Pablo de Tarso, de que no hacemos el bien que queremos sino el mal que no queremos. Siendo consecuentes con el modo de proceder visto anteriormente, no debemos quedarnos en un planteamiento generalista, sociológico. Es preciso personalizar, llevar el discurso mental al propio campo: ya sabemos que todos los hombres somos iguales en lo fundamental, pero, por otra parte, nuestra propia conducta es lo que más a mano tenemos y de la que mayor información, al menos potencial, poseemos.

Tenemos que desarrollar las capacidades (competencias), para tender el puente entre el pensamiento (el querer) y la acción (el obrar). Estas habilidades se llaman desde antiguo virtudes, y constituyen uno de los capítulos mas atractivos, por asequibles, de la ética.

Se trata de acometer la magnífica tarea de modificar nuestra naturaleza hasta hacerla apta para actuar hacia el bien con facilidad. Hay dos cuestiones interesantes para realizar este trabajo; es bastante claro que se trata de enderezar esta capacidad humana que denominamos voluntad:

Hay que desarrollar virtudes (capacidades para obrar bien). Hay que enderezar la intención (racionalidad). Ambos objetivos constituyen el campo propio de la ética, pues no es bueno el que solo hace cosas buenas, sino aquel que, además, desea hacerlas para servir mejor, puesto que si no consideráramos la intención dejaríamos fuera una parte esencial de la realidad humana (otra vez nos topamos con el principio rector de la realidad).

(*) Director, miembro del Comité de Dirección y jefe del Área de Gobierno de Personas del PAD Escuela de Dirección de la Universidad de Piura.

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