EL LENGUAJE DE UNA MIRADA

Genara Castillo

Existen miradas con brillo -con la pupila chispeante- y miradas apagadas; miradas alegres y miradas tristes -retraídas-; miradas inocentes, como la de un niño, y miradas turbias -como la de un pobrecito asesino-. Existen miradas sencillas -transparentes- y miradas esquivas, inquisidoras -complicadas- ; miradas sinceras y miradas falsas -postizas-; existen miradas condenatorias -como la de algunas jueces- y miradas comprensivas; miradas profundas -penetrantes- y miradas superficiales -estúpidas-. Y como toda mirada conlleva valoración, hay miradas en que esta apreciación se hace patente: hay miradas cariñosas y miradas de odio, miradas humildes y miradas altaneras, miradas tiernas y miradas frías, miradas acogedoras y miradas indiferentes, miradas posesivas y miradas respetuosas. También existen miradas fervorosas, de adoración, como las que un hombre dirige a su Dios.

Aunque no podemos detenernos ahora en el análisis y la explicación de cada una de ellas, podemos subrayar el hecho ya conocido y es que las miradas son reveladoras porque los ojos son las ventanas del alma. El interior del ser humano "se asoma" en su mirada. Por eso "dicen" tanto, y por eso también es un arte aprender a leer en los ojos de las personas, no sólo para conocer cuál es su tono vital, sino también para poder ayudarles. Es lo que saben hacer las buenas madres y los auténticos maestros, aunque a veces sólo se capte no el contenido de los problemas, sino la magnitud de ellos.

No es lo mismo ver y mirar, y en estos tiempos no es fácil aprender a mirar. Son muchas las causas y diversos los factores que intervienen tanto remota como próximamente, pero sí indicaremos que algunas veces es porque la valoración de la realidad es pobre, por falta de profundidad o de criterios, otras porque es distorsionada al ser teñida con la tonalidad de los propios sentimientos o por experiencias pasadas, y otras sencillamente porque no nos fijamos adecuadamente. Sin embargo, en un mundo de prisas, de cambios tan acelerados, de estímulos tan fugaces como vacíos, se hace muy necesario aprender a mirar, y aprender a encontrarnos con una mirada afectuosa, limpia, sincera.

Por eso es que me ha llamado la atención la mirada de la fotografía del beato Josemaría Escrivá. Aquella mirada refleja un ámbito interior de mucha riqueza: manifiesta paz, madurez humana, armonía interior, al mismo tiempo es una mirada muy cariñosa, acogedora, tierna, y por todo esto es una mirada muy alegre. Debido al tiempo que disponemos sólo nos detendremos en el significado de esa su mirada alegre.

En primer lugar tenemos que decir que se trata de la mirada de un hombre santo que sólo vivió para Dios, y que a la vez es extraordinariamente humano. A veces nos han pintado a los santos como personas un tanto idas, que están como fuera de este mundo, al que miran desde arriba, distantes, fríos... Poco servicio le han hecho a la santidad quienes la han pintado así, indiferente, parca y hasta famélica.

El beato Josemaría tenía humanamente una personalidad muy atractiva, expansiva podríamos decir. Es difícil de explicar pero a veces se ha querido presentar un cristianismo de ultratumba por lo oscura, triste y rara. Sin embargo, "la verdadera virtud no es triste ni antipática sino amablemente alegre" (Camino, 657).

Impresiona la serena alegría del beato Josemaría. Es la alegría propia de un hombre santo, que nace desde dentro del alma y que está sostenida por la fuerza de la vida divina. Por eso no es una alegría presuntuosa, llamativa. Precisamente, uno de los puntos, el 659, de su libro Camino dice: "La alegría que debes tener no es esa que podríamos llamar fisiológica, de animal sano, sino otra sobrenatural, que procede de abandonar todo y abandonarte en los brazos amorosos de nuestro Padre-Dios".

Qué poco se ha entendido el cristianismo cuando se le ha reducido a una serie de prohibiciones: "¡No hagas..., no digas..., cuidado, no te muevas...!" Desde luego que hay leyes, toda la realidad -inclusive la física- las tiene, pero tratándose del ser humano, las normas negativas no son fines en sí mismas, son medios, recursos, que ayudan a la finalidad más última que es la de ¡ama!, ¡haz el bien!, ¡avanza, camina siempre! porque sólo así se encuentra la felicidad.

A veces uno se encuentra con algunas personas que ellas mismas se han incapacitado para amar y por tanto no son felices, aunque tengan una alegría "bullanguera", postiza, falsa, porque en el interior anida la mezquindad, el capricho, la amargura, las trapizondas, etc. Una persona en esas condiciones es muy infeliz porque al final experimenta la amargura de quedarse sola, sola, sola, terriblemente sola. Es el lógico e indefectible pago de la persona egoísta.

El beato Josemaría no vivía para sí mismo, sino para Dios. De esa manera no sólo evitaba la personalidad narcisista que es enfermiza, porque se agota sólo en dar vueltas sobre sí misma, sino que era muy capaz de amar a las demás personas, auténticamente, con lo cual las elevaba realmente. En cambio, la persona que vive sólo pendiente de sí, incluso a sus "amistades" las usa para autoafirmarse, para llenar sus vacíos de afecto, para buscar interesadamente algún beneficio, utilidad, placer, honores, etc. Con ello se incapacita para la verdadera amistad porque no la sabe vivir sino en esas condiciones.

Esa situación sí que es triste, pero eso es lo opuesto al mensaje evangélico que trae una buena nueva, que es la del amor verdadero. De manera que aunque haya que atenerse a normas -que no son un código hecho por un neurótico-, aunque exija practicar virtudes -ya que de entrada no somos justos-, es una vida en continuo crecimiento en la verdad y el bien, en cuyo reconocimiento -venga de donde viniera, lo tenga quien lo tuviere- y adhesión nos jugamos la felicidad terrena y eterna, ya .que la verdad y el bien en su máximo nivel lo constituye Dios, por lo cual abrirse a Dios es lo que proporciona la alegría y la felicidad más plenas.

El beato Josemaría vivió en esa clave, por eso, algunos que le conocieron decían que estar en su compañía era una auténtica fiesta, porque él lo era. Hacer una fiesta no tiene tanto valor como ser uno la fiesta, profunda, serena, difusiva, porque la riqueza interior al desbordarse sale por esas ventanas del alma y se subraya con la voz y los gestos. Por todos estos bienes se puede decir que la mirada del beato Josemaría es una mirada que interpela, que "habla" y por tanto se hace ya inolvidable. Pueden acceder a ella quienes vean los afiches que empiezan a circular sobre el Congreso que en ocasión del centenario de su nacimiento y próxima canonización están preparando diversas instituciones de Piura, entre las cuales está la Universidad de Piura, de cuya página web varias personas están "bajando" aquella fotografía, haciéndosela tan familiar y cercana.

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