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10 argumentos contra el vegetarianismo radical
Por Víctor H. Palacios Cruz (*)
La reciente difusión periodística sobre el veganismo –forma extrema de vegetarianismo– ha suscitado un enorme interés. La sensibilidad por la salud y la estética corporal, así como el horror a las guerras y la polución industrial, estimulan la atención a este programa dietético que propone, a su vez, una visión de la vida en cuyo centro está el rechazo a la violencia. El veganismo, como el ecologismo radical, es un síntoma del conflicto que siente la conciencia humana que se descubre agresiva y retrocede asqueada de sí misma. Una rebeldía entendible que, sin embargo, arriesga confusiones peligrosas. Este artículo no es una discusión médica ni biológica sino filosófica, ya que los veganos incluyen argumentos de este tipo.
Esta prédica se presenta como “una alternativa ética y sana al consumo y dependencia de los productos –no adaptados a nuestras necesidades físicas y espirituales– como la carne, el pescado, los lácteos, los huevos, la miel, productos derivados de los animales, y artículos de origen animal como el cuero y las pieles”, planteando “un estilo de vida más sano y respetuoso con los animales y la Naturaleza. Además de los múltiples beneficios personales derivados del rechazo de los alimentos o artículos de consumo obtenidos de la explotación cruel, injusta e innecesaria de los animales, la adopción de esta creencia contribuye a paliar el hambre mundial, a proteger el medio ambiente y a mejorar la calidad de vida de todo el planeta, creando las condiciones idóneas para una convivencia social basada en la no violencia.”
Esta concepción alimentaria repudia las prácticas crueles de crianza y ejecución de animales destinados al consumo, alegando que “no hay ninguna característica relevante moralmente que separe a los seres humanos del resto de seres. En realidad, rasgos como la inteligencia, la conciencia y el altruismo son una constante, e incluso ciertos individuos de otras especies tienen una mayor capacidad para estas aptitudes que algunos humanos.” El animal no quiere morir y es libre como nosotros, arguyen.
Proponemos los siguientes contra-argumentos:
- Un lema usual en los activistas veganos es: “¿Te comerías algo que tiene rostro?” Propaganda falaz, pues los animales no tienen rostro sino cara. La posición bípeda del hombre lo separa de la condición del cuadrúpedo, para quien las extremidades delanteras son elementos de apoyo y la cabeza se ajusta a la necesidad de exploración material. La mano humana queda libre de la función de soporte; por ello se estiliza y vuelve apta para el gesto, la caricia y la manipulación. El instrumento de los instrumentos da lugar a la técnica, y así libra a la cara de la presión de hurgar. Ésta se retrae, abandona la forma de hocico y se equilibra, deviniendo medio expresivo e individualizado. El rostro es la síntesis de la personalidad. Sólo los humanos poseen retrato.
- El hombre no es una especie animal más. Teniendo animalidad, escapa a ella a la vez. Es un ser que mastica, gruñe y excreta; también un ser que piensa, ama y crea. Su índole fluctúa entre lo terrestre y lo celeste. Si la crueldad humana espanta es porque, como reza el adagio latino, “corruptio optimi pessima”. Sólo entre humanos hay villanos y héroes, sátrapas y santos. Es el precio de la libertad, la imprevisibilidad de una existencia no prescrita por su dotación filogenética, sino capaz de inventarse a sí misma y trazar un curso irrepetible. Sólo los humanos poseen biografía.
- Si los hombres fueran animales, no tendría sentido defender una causa natural, porque ninguna especie viva lo hace. Si los animales fueran humanos –ya que se afirma que son libres–, habría que sancionarlos severamente pues la totalidad de ellos se sustenta a costa de otras vidas. Si no, ¿qué hace superior a un pájaro del gusano que engulle y al pez grande del chico al que devora? ¿Por qué acusar al homo sapiens y no al depredador del bosque? No nos daríamos abasto para reprender a las impulsivas bestias. Sólo los humanos merecen castigo o alabanza por sus actos.
- El hombre mata como no lo hace alimaña alguna. Es decir, con ensañamiento y sevicia. De acuerdo. Aunque la posibilidad de que incurra en esta perversión es la misma que permite lo opuesto: el sacrificio y la virtud. Se cuenta que el pelícano rasga su propio buche para dar de comer a sus crías en casos excepcionales; pero sería incapaz de inmolarse por polluelos ajenos y mucho menos por seres de otra especie. El hombre es el único viviente que mata por placer, al mismo tiempo que es el único que salva sin necesidad.
- Ningún organismo crece sin destruir. Es parte de la naturaleza. La digestión animal por medios inocuos es una invención humana. Por ejemplo, la fabricación de alimentos para mascotas. Los animales atacan para subsistir. El hombre también. Condenar la matanza de un viviente por razones alimenticias llevaría a condenarla igualmente por razones de sobrevivencia. El zancudo quiere vivir y tiene alas para descubrir nuevos mundos. ¿Por qué tendríamos que aplastarlo cada vez que nos hiere?, se diría.
- No somos espíritus puros para desprendernos de la constricción corporal y eludir una manutención exenta de perjuicio. Somos de barro, y parte de esta condición es el dolor, la vejez y la muerte. Procurar una vida eximida de “culpa” biológica llevaría al suicidio. Los veganos sienten repugnancia por la misma naturaleza a la que dicen amar.
- El animal no quiere morir –se dice–, pues posee percepción y sentimientos, y sufre como nosotros. Aparte de que el humano no tiene únicamente sentidos y emociones, sino asimismo inteligencia y amor (que no son continuaciones de las cualidades animales), hay niveles de percepción tan rudimentaria en el mundo animal que colindan con niveles altos de receptividad en el mundo vegetal, y que impiden un discernimiento tajante entre lo vegetal y lo animal. Diluir la diferencia entre lo animal y lo humano llevaría, bajo la misma lógica, a la anulación de la distancia que separa a un asno de un repollo. Con lo cual, seccionar una lechuga sobre la mesa sería tan homicida como cercenar el cuello de un faisán. En los pantanos del Estado de Carolina (EE.UU.) crece un vegetal asombroso, el atrapamoscas de Venus, muy sensible al contacto físico y capaz de atrapar insectos. Sus hojas poseen una bisagra en la costilla media y un aroma que los atrae. La presencia de un insecto, captada por los pelos receptores de ésta, activa su cierre. Cuando los bordes se unen, los pelos se entrelazan para impedir que escape la presa. Luego, la planta secreta enzimas que dan muerte y digieren al bicho.
- El veganismo es parte de los variopintos movimientos que hacen de la denuncia de la industrialización y aun de la misma civilización, una militancia contracultural. Como en el ecologismo radical, se ve al humano como verdugo de una naturaleza santa e indefensa. Imagen ingenua que ve en las fuerzas salvajes las tiernas sonrisas de los dibujos de Walt Disney. Estas corrientes anti-sistema nacen, además, en sociedades del Primer Mundo donde, como se sabe, es más punible cazar a un conejo que triturar a un feto humano.
- Nuestra categoría de entes fronterizos –decía el humanista Pico de la Mirándola: puentes entre la eternidad estable y el tiempo fluyente, voceros de todas las criaturas– es un buen argumento para evitar la tentación de disolvernos en la pura materialidad de la que emergemos misteriosamente; como también para retener cualquier levitación que nos eleve a un estrato angelical que tampoco nos pertenece. Sin olvidar la innegable vocación de infinitud que anida en todo corazón humano.
- Por último, ¿no resulta injurioso decir que la práctica vegana contribuiría a paliar el hambre del mundo? Amonestar a un etíope por cocinar una flaca gallina a falta de buenas cosechas, ¿no parece más bien el desdeñoso remilgo de una sociedad opulenta e indolente?.
(*)
Profesor de Filosofía del Departamento de Humanidades de la Universidad de Piura. Publicado en el suplemento dominical Semana, del diario El Tiempo el 26/02/06.
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