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Internet, democracia y libertad
Por Francisco Bobadilla Rodríguez (*)
Es una realidad que las nuevas tecnologías de la información, como el caso de Internet, por ejemplo, permiten individualizar lo que cada cual desea leer o recibir. Se forman grupos de discusión, miramos los programas de televisión que deseamos, nos suscribimos a páginas web con contenidos que suscitan nuestra atención, recibimos noticias de amigos y, aunque, también están los inconvenientes de la basura que se cuela, cada vez se puede asistir a una cierta autonomía del consumidor: recibimos la información que deseamos. Y tal parece que no está tan lejos llegar a la personalización completa del sistema de comunicaciones: programo lo que deseo ver en T.V., diseño mi periódico on line, leo sólo la sección de deportes, etc.
Las ventajas de este proceso de individualización que ofrece la Internet puede, sin embargo, poner en jaque a la democracia deliberativa: la situación en la que miles o millones de personas se dediquen a escuchar los ecos de sus propias voces, ignorando la de otros, poniéndose al margen de problemas comunes lleva a una fragmentación que dificulta la vida comunitaria. A estos peligros se refiere Cass Sunstein en su libro República.com. Internet, democracia y libertad (Barcelona, Paidós, 2003; 212 pp.), profesor de derecho de la Universidad de Chicago.
Sunstein considera que un sistema de libertad de expresión ha de hacer posible la democracia deliberativa: "Una democracia necesita una serie de experiencias comunes así como entrar en contacto con diversos temas e ideas no previstos ni escogidos. Para quienes aceptan esta idea, un sistema en la que cada persona decide previamente qué quiere y qué no quiere ver, haría peligrar la democracia. Si las personas de mentalidad afín se comunican sólo o fundamentalmente en enclaves aislados, es muy probable que surjan la fragmentación social y la falta de comprensión mutua".
Son necesarios los espacios comunes en donde estemos expuestos a opiniones diferentes a las nuestras, pero que no dejan de ser importantes, dado que afectan a la vida en común. Replegarse al espacio propio, diminuto en personas e intereses, tiene su tiempo y justificación, pero si se constituye en regla de vida lleva a una fragmentación tal que unos y otros nos volvemos extraños y extranjeros ya no sólo en el país, sino en el mismo barrio. El individualismo resultante provoca tal balcanización social que se pone en peligro la convivencia humana en el largo plazo, pues nos hemos incapacitado a vivir pacíficamente con las diferencias naturales de carácter, ideas, costumbres, etc.
Espacios públicos son las plazas y las calles, lugares en donde convergen libremente toda suerte de personas. También lo son los mass media o intermediadores de interés general en la medida en que presentan informaciones u opiniones de temas variados que amplían el personal punto de vista, además de acercarnos a problemas y realidades que por propia iniciativa no se nos hubiera ocurrido indagar. Con los problemas que ya conocemos de estos mass media, su aporte a la configuración de la democracia deliberativa es indudable. Ante este panorama, el autor propone que los medios de comunicación, ya sean los intermediarios del interés general (televisión, radios, diarios o revistas) o los operadores en Internet orienten sus contenidos de tal manera que se evite la fragmentación social, haciendo posible que el usuario encuentre la posibilidad de ampliar sus particulares intereses, articulándose a los diversos mundos de nuestra sociedad multicultural.
Sunstein considera que una sociedad no sólo está compuesta por consumidores sino también por ciudadanos, de ahí que, respecto a los medios de comunicación sostenga que "el principio de la libertad de expresión, entendido en forma adecuada, no es absoluto y no debe impedir que el gobierno tome las medidas necesarias para garantizar que el mercado de las comunicaciones favorezca el autogobierno democrático y otros importantes valores sociales". Y agrega que "en una sociedad libre, los gobiernos no obligan a los individuos a leer algo. Nadie debe ser forzado a leer o a ver. (…) He dicho que vale la pena que los gobiernos tengan en cuenta diferentes formas de ayuda. Pero son las organizaciones privadas, y no las públicas, las que deberían ofrecer los principales remedios a los problemas potenciales aquí tratados". Así es, el camino de la autoregulación es el más fecundo y es una muestra de madurez en el ejercicio del derecho a la información libre y responsablemente.
(*) Profesor de la facultad de Comunicación de la Universidad de Piura.
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